EL OPERATIVO GEBEL: DEL PÚLPITO AL SILLÓN DE RIVADAVIA

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EL OPERATIVO GEBEL: DEL PÚLPITO AL SILLÓN DE RIVADAVIA

Hay algo muy argentino en esto de buscar salvadores cada diez minutos. Un día queremos un general, al otro un CEO, después un panelista gritón, más tarde un economista con campera de cuero y ahora… un pastor cool con tonada de estadio lleno y frases de autoayuda que te pegan en el pecho como piña de Tyson en el Luna Park. Porque sí, señores: el nombre de Dante Gebel ya dejó de ser solamente el de un predicador mediático para empezar a sonar en esa mesa larga y desprolija que es la política argentina. Y como decía el inolvidable Tato Bores: “En este país puede pasar cualquier cosa… y generalmente pasa”.

La escena ocurrió en Radio del Plata, en Tucumán. Ahí, en el programa Libertad de Expresión, conducido por Graciela Nuñez junto a Pablo Gerez, se sentaron tres nombres que, para el gran público, quizás todavía no llenen estadios, pero que vienen armando la ingeniería silenciosa de algo más grande: Sergio Bohn, Carlos Reynoso y Fabián Deacon.

Y ahí empezó a cocinarse algo que huele a “armado federal”, a “mesa chica”, a café recalentado y kilómetros de ruta. Porque mientras algunos hacen política desde Puerto Madero mirando encuestas como si fueran el horóscopo de Susana, acá la apuesta parece otra: clubes de barrio, universidades, iglesias y dirigentes del interior intentando construirle pista de aterrizaje a Gebel.

La frase que más ruido hizo fue la del propio Gebel:

“Yo soy como un piloto de avión. Si aprieto el botón, tengo nafta, miro para atrás y tengo todo ordenado, el avión va a despegar.”

Y claro… en Argentina cuando alguien habla de aviones y política, más de uno mira para arriba por las dudas. Pero la metáfora pegó. Porque en el fondo resume perfecto el momento: no hay candidatura oficial, no hay afiches, no hay marcha partidaria remixada en cumbia villera. Lo que hay es tanteo. Medición. “Ver cómo viene la mano”.

Dicen quienes estuvieron en esas reuniones que Gebel puso condiciones claritas, casi como un DT serio antes de agarrar un club incendiado: no piensa “tirarse a la pileta sin agua”. Primero quiere estructura, equipo técnico y presencia territorial. Nada de improvisados. Nada de “dos vivos y un community manager”.

Y ahí entra Universidad Tecnológica Nacional. Sergio Bohn insiste con una idea que suena a cachetazo federal para la política porteñocéntrica: basta de diseñar el país desde un departamento en Recoleta. El litio se discute en el norte, el campo en el interior, la pesca en el sur y la realidad social no entra en una planilla Excel armada en Palermo Soho tomando cold brew.

En criollo: “muchachos, salgan un poquito de la General Paz”.

Si hay algo que este país nunca terminó de entender del todo es el poder emocional de un club de barrio. Ahí donde todavía hay olor a guiso, camisetas colgadas y una señora gritando “¡nene, no corras adentro!”. Ahí donde todavía sobreviven la merienda, el baby fútbol y el profe que hace magia con dos pelotas pinchadas.

Por eso no es casual que Unión Nacional de Clubes de Barrio aparezca en el armado. Carlos Reynoso habla de profesionalizar estructuras, de sacar a muchos clubes de esa lógica medio punteril donde el buffet termina siendo comité político y el playón un set de TikTok para dirigentes de cuarta categoría.

Porque, seamos honestos, en Argentina el club de barrio siempre fue mucho más que fútbol. Fue comedor, refugio, segunda familia y hasta psicólogo gratuito. Como decía la vieja publicidad: “el sabor del encuentro”. Bueno, acá quieren convertirlo también en semillero territorial.

Lo más curioso de este operativo es que, según cuenta Fabián Deacon, no hay que convencer demasiado a la gente. Nombrás a Gebel y automáticamente aparecen seguidores que dicen:
“Lo escucho todos los domingos”.
“Me mandaron un reel”.
“Lo conocí por YouTube”.
“Me ayudó en un mal momento”.

Ahí está la verdadera diferencia. Gebel no arranca de cero como político clásico. Tiene algo que hoy vale oro: vínculo emocional previo. En tiempos donde la gente descree hasta del pronóstico del tiempo, lograr conexión genuina es casi milagroso.

Claro que también hay riesgos. Porque una cosa es llenar auditorios hablando de fe y otra muy distinta meterse en el barro espeso de la política argentina, donde te abrazan adelante de cámara y te serruchan el piso en el corte comercial. “Bienvenido al reino del revés”, diría María Elena Walsh.

Por eso en el armado hablan mucho de filtros. Nada de alianzas con prontuarios pesados ni operadores oscuros. Suena lindo. Habrá que ver cuánto dura cuando aparezcan los primeros aprietes de la realpolitik criolla, ese deporte nacional que deja a la Copa Libertadores como torneo amateur.

¿Ni izquierda ni derecha? El viejo sueño Argentino. Acá aparece otro punto interesante: los armadores de Gebel esquivan la grieta como quien esquiva un bache en el conurbano. Dicen no sentirse cómodos ni en la izquierda ni en la derecha. Hablan de “sentido común”, palabra peligrosísima en política porque cada uno la acomoda como quiere.

Prometen pagar la deuda externa, impulsar empleo privado, frenar el “industriocidio”, garantizar comida y ordenar el Estado sin caer en relatos eternos.

Suena a una remake aggiornada de la famosa “tercera posición”. Ni Wall Street ni La Habana. Ni motosierra ni plan platita. Algo más pragmático, más de gestión, más “hagamos que funcione de una vez”.

¿Presidente o fenomeno momentaneo? Por ahora no hay candidatura oficial. No hay acto en Ferro. No hay globitos. No hay jingle pegadizo. Hay reuniones, llamados, universidades, iglesias, dirigentes y mucha construcción silenciosa.

El país, mientras tanto, mira con esa mezcla tan argentina de esperanza y sospecha. Porque ya vimos pasar de todo: caudillos, outsiders, CEOs, panelistas, rockstars de la economía y candidatos armados por TikTok. Algunos despegaron y otros quedaron carreteando eternamente como avión viejo de Austral.

La gran incógnita es si Dante Gebel puede transformar carisma en estructura. Fe en votos. Auditorio en aparato político.

Porque una cosa es emocionar desde un escenario… y otra muy distinta es gobernar un país donde cada semana parece escrita por guionistas de Pol-ka después de tres cafés y una crisis existencial.

Y sin embargo, algo se mueve. Como decía Moria: “Si querés llorar, llorá”. Acá sería: “si querés candidatearte, candidateate”. Total, en la Argentina del 2026 ya nadie se sorprende de nada.

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