Por El Archivólogo
Hay partidos que duran noventa minutos. Y hay otros que empiezan mucho antes de que el árbitro haga sonar el silbato. Francia-Marruecos pertenece a esa segunda categoría. No es solamente un cruce de cuartos de final. Es un duelo de estilos, de historias compartidas, de heridas, de orgullo y de fútbol en estado puro. De un lado aparece la potencia europea que juega con la tranquilidad del que sabe que tiene un plantel lleno de figuras capaces de resolver cualquier problema con una genialidad. Del otro, un Marruecos que hace rato dejó de ser «la sorpresa» para convertirse en una selección que ya no le pide permiso a nadie para sentarse en la mesa de los grandes.
Los franceses llegan con el traje impecable, aunque con alguna mancha. Paraguay les hizo transpirar la camiseta como pocos imaginaban. El equipo de Gustavo Alfaro armó una muralla que durante más de una hora desesperó a Mbappé, Dembélé, Olise y compañía. Francia monopolizó la pelota, movió el tablero de un lado para el otro, buscó por arriba, por abajo y por los costados, pero no encontraba la llave. Parecía una de esas tardes donde el favorito empieza a mirar el reloj con preocupación.
Hasta que apareció esa vieja ley del fútbol: cuando no podés romper el candado jugando, una acción aislada cambia toda la historia. El penal sobre Désiré Doué terminó siendo el punto de quiebre. Mbappé caminó hacia la pelota con esa mezcla de frialdad y soberbia deportiva que tienen los elegidos. No dudó. Orlando Gill eligió un palo, la pelota fue al otro y Francia respiró. Ganó apenas 1-0, sí, pero volvió a demostrar que incluso jugando por debajo de su nivel tiene recursos para sobrevivir. Eso también distingue a los campeones.
Ahora bien… si Francia llega con el traje de candidato, Marruecos aterriza con el overol del obrero que ya le ganó varias discusiones al destino.
Porque mientras medio planeta hablaba de Canadá como uno de los anfitriones capaces de ilusionarse con hacer historia, los Leones del Atlas hicieron exactamente lo contrario: bajaron el volumen de la fiesta. Sin exagerar, le dieron una auténtica lección de eficacia.
El 3-0 fue mucho más que un resultado amplio. Fue una declaración de principios. Marruecos esperó el momento justo, golpeó cuando había que golpear y nunca perdió el orden. Ounahi apareció como figura absoluta con un doblete, Hakimi volvió a ser una locomotora por la banda, Brahim Díaz aportó inteligencia para asistir y Bounou respondió cada vez que Canadá intentó encender una esperanza. Cuando el rival adelantó líneas, los africanos encontraron espacios y terminaron decorando la goleada con el tanto de Rahimi en el descuento.
Este Marruecos juega con una tranquilidad admirable. No se desespera si no tiene la pelota. No se desordena. No se enamora del ataque ni se refugia únicamente atrás. Espera, estudia, golpea. Como esos boxeadores que parecen recibir castigo hasta que encuentran un hueco y terminan mandando a la lona al favorito.
Y ahí aparece la verdadera incógnita de este cruce.
Francia seguramente tendrá la posesión. Marruecos probablemente acepte ese escenario sin ponerse colorado. Mbappé buscará atacar los espacios. Hakimi, que lo conoce como pocos por compartir vestuario durante años, intentará convertir esa autopista en un callejón sin salida. En el medio estará una batalla táctica fascinante.
El campeón del mundo tiene individualidades capaces de definir una serie con una sola jugada. Marruecos posee una estructura colectiva que parece aprender de cada partido y fortalecerse con cada desafío.
Como decía el inolvidable Carlos Bianchi, «el fútbol son momentos». Y este Mundial parece haber puesto a ambas selecciones exactamente en el suyo.
Porque Francia todavía no mostró todo su potencial. Y eso asusta.
Pero Marruecos tampoco parece haber encontrado su techo. Y eso entusiasma.
No sería raro que este partido termine siendo una final anticipada. De esos encuentros donde una pelota parada, un error o una inspiración individual escriben la historia que después repetiremos durante décadas.
EL VEREDICTO DEL ARCHIVÓLOGO
Acá no alcanza con decir que juega el campeón del mundo contra la revelación. Esa etiqueta ya quedó vieja.
Francia tiene más nombres, más recambio y probablemente el mejor futbolista del campeonato en Mbappé. Pero Marruecos juega con algo que ningún entrenador puede fabricar en un laboratorio: convencimiento absoluto.
Si los franceses encuentran espacios temprano, pueden transformar la noche en una exhibición.
Pero si Marruecos consigue llevar el partido a su terreno, hacerlo largo, incómodo y áspero, cuidado… porque los nervios empiezan a pesar incluso en los gigantes.
El Archivólogo se la juega: Francia sigue siendo favorita… pero por muy poquito. Tan poquito que un alargue o una definición por penales no sorprenderían absolutamente a nadie.
LA ÚLTIMA MESA DEL BAR
El humo del café se mezcla con el perfume del fernet. La televisión del bar está muda, pero todos saben de qué se habla. En una punta de la mesa, Alejandro Dolina acomoda lentamente la cucharita dentro del pocillo.
—Mire… Francia representa esa vieja ilusión de que el talento, cuando se organiza, termina imponiéndose. Hay jugadores que parecen haber sido escritos por un novelista. Mbappé corre como si el tiempo hubiera decidido favorecerlo. Uno sospecha que, tarde o temprano, el genio encuentra una hendija.
Del otro lado, Roberto Fontanarrosa sonríe mientras rompe un pedazo de pan.
—Sí, Alejandro… pero el fútbol es el único lugar donde un tipo que parece albañil le puede arruinar la tarde a un príncipe. Marruecos juega como esos equipos de barrio que vos los ves entrar y pensás «estos vienen a defenderse»… y a los veinte minutos te vacunaron dos veces y no sabés ni quién hizo el gol.
Dolina levanta la vista.
—Hay una belleza secreta en la posesión de la pelota.
Fontanarrosa se ríe.
—Y hay una belleza mucho más grande cuando recuperás una, metés tres pases y el relator pega un grito que despierta hasta al mozo.
—La paciencia también es una virtud.
—Y el contragolpe también, maestro.
—Francia propone.
—Marruecos responde.
—La técnica.
—La rebeldía.
—La jerarquía.
—La fe.
Los dos hacen silencio. Afuera empieza a lloviznar sobre la vereda.
El mozo deja la cuenta sobre la mesa y pregunta:
—Muchachos… ¿entonces quién gana?
Dolina y Fontanarrosa se miran apenas un segundo.
Y contestan al mismo tiempo, cada uno nombrando a un equipo distinto.
Como corresponde cuando la discusión es de fútbol. Porque hay debates que nunca deberían terminar. Y, por suerte, este es uno de ellos.
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