Hay artistas que llegan a Buenos Aires buscando fama.
Y hay otros que llegan buscando escenario.
Lo de Ramón Mazuela Falchetti, “Moncho” para todo el mundo, parece pertenecer a esa segunda especie. Más rara. Más obsesiva. Más teatral. Porque el tipo no aterrizó acá para sacarse selfies en Palermo ni para mendigar un panel de chimentos. Vino a hacer lo único que sabe hacer desde hace décadas: teatro. Mucho teatro.
Y cuando uno dice mucho, es mucho de verdad.
Obras en Avenida Corrientes. Estrenos permanentes. Streaming. Producción. Dirección en Chile y Argentina. Una película como protagonista. Y una sensación constante de tipo que vive arriba de un escenario aunque esté comprando café en un kiosco.
Como diría Alberto Olmedo:
“¡Es una tromba!”
Moncho lleva más de 25 años construyendo mundos teatrales entre Chile y Buenos Aires. Algunos dicen más de cuarenta montajes entre obras largas y cortas. Y los títulos ya parecen nombres de canciones de rock under o películas malditas de trasnoche: Hiroshima mon amour, Con Pecados Concebidas, Daniel, La duda razonable, Sustancias, Atrapada, Casi cielo, Santo prepucio…
Sí, claramente no vino a hacer teatro tibio.
Porque Falchetti pertenece a esa generación de directores que todavía creen que el teatro tiene que incomodar un poco. Hacerte reír y doler al mismo tiempo. Dejarte pensando cuando salís a la calle Corrientes y te pega el olor a pizza con humedad porteña.
“No se olviden que el fútbol es un juego, pero se juega con el corazón”, decía el Bambino Veira.
Bueno… Moncho parece dirigir así. Con corazón. Y también con heridas.
Su nueva apuesta fuerte es “Crisálida”, una coproducción argentino-chilena donde no dirige: actúa. Y ahí la cosa se pone más íntima. Más peligrosa. Porque la película tiene bastante de espejo emocional.
La historia sigue a un chileno viviendo en Buenos Aires, atrapado en una vida gris, rutinaria, hasta que decide volver a Chile para reencontrarse con un viejo amor adolescente. Pero no cualquier amor: el amor de su mejor amigo. Y ahí aparece la tensión queer, la nostalgia, el paso del tiempo y algo muy humano: la sensación de llegar tarde.
O creer que llegaste tarde.
Pero “Crisálida” juega justamente con lo contrario. Con esa idea hermosa y brutal de que nunca es tarde para reinventarse. En la película, el personaje decide dedicarse a la actuación a los 45 años. Y ahí está el corazón del asunto.
Porque mientras medio planeta vive obsesionado con parecer joven en Instagram, Moncho viene a decir otra cosa: todavía podés empezar de nuevo.
“Paso a paso”, diría Mostaza.
Y sí.
La carrera de Falchetti parece construida así.
Sin escándalo. Sin vedettismo barato. Sin la lógica desesperada del “mírenme”. Más bien con la paciencia del laburante teatral que sabe que las tablas son resistencia pura.
Porque el teatro independiente argentino y chileno tiene algo de trinchera emocional. Gente ensayando con frío. Actores viajando en subte maquillados. Directores haciendo de productor, iluminador y psicólogo al mismo tiempo.
“Hay que pasar el invierno”, tiraba Alsogaray.
Bueno… el teatro hace décadas que viene pasando todos los inviernos posibles.
Y aun así sigue vivo.
Lo interesante de Moncho Falchetti es que no parece actuar desde la solemnidad intelectual. Hay algo callejero en su forma de contar historias. Algo de artista que entiende el dolor, el deseo y el absurdo cotidiano.
En tiempos donde muchos proyectos culturales parecen puro decorado, él sigue estrenando dos obras mensuales como si el país estuviera en pleno auge económico del uno a uno.
“Mami, lo tuyo es un decorado”, diría Moria mirando ciertos productos prefabricados.
Pero lo de Falchetti transpira oficio.
Horas de escenario.
Errores.
Golpes.
Aprendizaje.
“Si lo hacés, sos un fenómeno; si no, sos un burro”, decía Bilardo.
Y el teatro tiene mucho de eso. Porque arriba del escenario no hay filtro de TikTok que te salve. O pasa verdad… o no pasa nada.
Además, Moncho entendió algo clave: Buenos Aires sigue siendo una ciudad teatral. Aunque las plataformas dominen el mundo. Aunque el algoritmo quiera convertir todo en contenido rápido. Corrientes todavía late. Y late fuerte.
Por eso no sorprende que el chileno haya encontrado acá una especie de segunda casa artística. Un territorio donde todavía hay espectadores capaces de emocionarse viendo una obra independiente un jueves a las diez de la noche.
“Es un sentimiento, no puedo parar”, canta la tribuna.
Y un poco eso parece Moncho Falchetti:
un tipo que no puede parar.
Dirige.
Actúa.
Produce.
Estrena.
Viaja.
Arma streaming.
Escribe.
Ensaya.
Como si tuviera miedo de que el escenario un día se apague.
O quizás porque sabe algo que muchos olvidaron:
que el arte, cuando es de verdad, no se jubila nunca.
AGENCIA DE GUARDIA SITIO OFICIAL!


