Hay tipos que aparecen de golpe en la conversación del barrio, en el café, en la mesa del domingo. Nombres que primero suenan lejanos y de repente están pintados en una pared, en un cartel, en el boca a boca. Así empezó a colarse Roberto Chorne, un empresario que viene caminando despacio pero firme, con esa mezcla bien peronista de pragmatismo, afecto por el vecino y una idea que suena gigante: convertir Berazategui en la famosa “mini Dubai” del Conurbano.
Porque en el Conurbano, viste, el que promete grande siempre genera dos cosas: ilusión y sospecha. Pero Chorne no salió de un focus group. Viene de otra escuela. De la vieja. De la que olía a acto, a militancia, a sobremesa larga con café y política.
Una cuna peronista sin maquillaje.
Ahí aparece la primera clave de su historia. Chorne no aterrizó en la política por marketing. Se formó al lado de nombres pesados, de esos que hoy parecen de otra época. Fue cercano a Herminio Iglesias, el símbolo de la liturgia territorial, el hombre del megáfono y la rosca sin filtro. Y sobre todo, tuvo una relación íntima con Carlos Saúl Menem.
No una foto. No un saludo. Una relación de mentor y discípulo. Chorne lo dice sin vueltas: Menem fue como un padre. El que le enseñó que la política también es gestión, que el poder se mide en obras y que —como decía el riojano— “síganme, no los voy a defraudar”.
Ese ADN explica muchas cosas. El estilo. La obsesión por la inversión privada. La idea de que el desarrollo no llega solo.
Y ahí es donde aparece el proyecto que hoy lo empuja a la conversación pública.
Berazategui como Dubai. Una frase que suena exagerada… hasta que empezás a mirar el plan.
Treinta supermercados nuevos, más de cuatrocientos empleos, infraestructura turística, hoteles, servicios, un circuito económico que rompa el molde del distrito dormitorio. Nada de relato épico: ladrillo, laburo y seguridad jurídica.
Porque Chorne repite algo que en el Conurbano se escucha cada vez más: sin seguridad no hay inversión. Sin inversión no hay trabajo. Y sin trabajo… bueno, ya sabemos cómo sigue la película.
En ese diagnóstico también aparecen las críticas. Directas. Sin anestesia. El blanco principal es Axel Kicillof, al que cuestiona por los salarios del sector público y la falta de condiciones para que el capital se quede. La frase que lanzó quedó flotando como esas verdades incómodas: ¿quién puede vivir con esos sueldos?
No es solo oposición. Es posicionamiento. El empresario que habla como gestor.
Pero la historia tiene otro condimento que lo vuelve más de archivo: el automovilismo.
Porque mientras muchos discuten powerpoints, Chorne aparece en un kartódromo anunciando autódromo, kartódromo y picódromo internacional. Velocidad, turismo, pibes que encuentran una salida. Una apuesta simbólica: desarrollo también es espectáculo, movimiento, identidad.
Con su hijo Ayrton en la escena y acuerdos con el ambiente motor, el proyecto suena a esos sueños noventosos donde todo parecía posible. Como cuando el país repetía “ramal que para, ramal que cierra”, pero también creía que podía jugar en primera.
El tema es que el contexto cambió. Y Berazategui está en transición.
La muerte del histórico Juan José Mussi dejó un vacío político difícil de llenar. La conducción interina de Carlos Balor ordena el presente, pero el futuro está abierto. En ese tablero, Chorne aparece como outsider con ADN clásico. Una combinación rara… y por eso interesante.
El salto mediático terminó de consolidarse cuando se sentó con Chiche Gelblung y habló sin libreto. Autódromo, turismo internacional, empleo. La idea de poner a Berazategui en el mapa grande. Ahí se vio algo que en política vale oro: convicción.
Porque el personaje no se vende como salvador. Se vende como gestor. Y en un país donde la palabra gestión se pronuncia mucho pero se ve poco, eso pesa.
El Archivólogo lo mira con la lupa de la memoria. Y encuentra ecos conocidos. Empresarios que saltan a la política, promesas de modernización, la épica del progreso. Algunas funcionaron. Otras quedaron en carpeta.
La diferencia suele estar en la calle. En la constancia. En si el tipo vuelve al barrio cuando se apagan las cámaras.
Chorne construye desde ese lugar. Pintadas, redes, territorio. Sin grandes estructuras todavía, pero con narrativa clara: prosperidad, orden y trabajo. Tres palabras que el Conurbano entiende perfecto.
Y hay algo más. Una sensibilidad social que no suele aparecer en los perfiles empresariales. Tal vez por esa formación peronista vieja escuela, la que repetía que “donde hay una necesidad nace un derecho”. Esa frase sigue viva, aunque cambien los nombres.
El desafío ahora es pasar del concepto a la obra. Del slogan a la realidad. De la mini Dubai a la primera vereda bien iluminada.
Porque la política argentina tiene memoria corta pero olfato fino. Y como decía Maradona, “la pelota no se mancha”… pero la promesa sí.
El Archivólogo cierra con una sensación conocida: estamos viendo el nacimiento de un personaje político. No sabemos todavía si será protagonista o anécdota. Pero ya está en la escena. Y cuando un nombre empieza a aparecer en las paredes del Conurbano, es porque algo se está moviendo.
RUMBO A 2027 no es solo un título de tapa. Es una prueba.
Y en el fondo, como diría el propio Menem, la historia siempre termina favoreciendo a los que se animan a jugar.
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