Por Gonzalo Guardia
La política argentina tiene ese perfume raro entre café recalentado, alfombra gastada y promesas que entran por una puerta y salen por la otra. Este jueves, la Cámara baja volvió a convertirse en ese teatro donde nadie es inocente y todos calculan. Arrancó el debate por la reforma laboral en la Cámara de Diputados de la Nación Argentina y el clima fue el de siempre cuando se discute laburo: tensión, negociación quirúrgica y sonrisas que no dicen lo que piensan.
Mientras el paro de la Confederación General del Trabajo paralizaba el transporte, el oficialismo jugó su carta más vieja y más efectiva: retroceder para avanzar. Sacó del dictamen el recorte de licencias médicas. No por convicción, sino por matemática. El número mágico: 130 votos. La política, como decía Raúl Alfonsín, es “el arte de lo posible”. Y cuando no alcanza, se vuelve el arte de ceder sin admitir que se cedió.
La escena parecía escrita por un manual de psicología. Primero se instala el miedo —“se pierden derechos”—, después la concesión —“esto lo sacamos”— y finalmente el objetivo central pasa casi sin ruido: indemnizaciones redefinidas, vacaciones flexibles y blanqueo laboral. El viejo truco de correr el foco. Como decía Tato Bores, “vermouth con papas fritas… y good show”. El espectáculo sigue mientras el guion cambia.
En el recinto, el libertario Lisandro Almirón leyó su discurso completo —prohibido— y generó ruido. La oposición discutió el reglamento. El presidente de la Cámara, Martín Menem, empujó votaciones a mano alzada. Pequeños gestos que, para el ciudadano común, parecen detalles… pero son la coreografía del poder.
El gobierno de Javier Milei aplicó la lógica del “realismo parlamentario”. Traducido: negociar antes de perder. La jugada la empujaron operadores como Diego Santilli, buscando que nadie falte cuando suene la chicharra. Porque en política, la ausencia también vota.
Y ahí aparece la incertidumbre como herramienta. Diputados del interior que no confirman postura. Bloques que acompañan en general y dudan en particular. El poder no se ejerce solo con votos, sino con la posibilidad de no darlos. El silencio como moneda.
Mientras tanto, desde afuera llegaba el respaldo técnico del Fondo Monetario Internacional. El mensaje fue quirúrgico: impacto positivo en empleo joven, pero costos de transición. Traducido al castellano de la calle: “va a doler, pero dicen que después mejora”. Frase que en Argentina ya escuchamos demasiadas veces.
El cambio clave fue la marcha atrás con el famoso artículo 44. Los trabajadores seguirán cobrando salario completo ante enfermedad fuera del trabajo. Un gesto que calmó aliados. Una retirada estratégica. Como diría Juan Domingo Perón, “la única verdad es la realidad”. Y la realidad eran los votos que faltaban.
El núcleo de la reforma sigue en pie: indemnizaciones con nueva base de cálculo, posibilidad de fondo de cese estilo construcción, vacaciones fraccionadas y blanqueo con condonación de multas. Todo bajo una narrativa que mezcla modernización con ajuste. El clásico equilibrio argentino entre promesa y sospecha.
La sesión promete más de 12 horas. Oradores cronometrados, discusiones reglamentarias y esa sensación de maratón donde nadie corre solo. Porque cada intervención no es para convencer al rival, sino para hablarle al futuro archivo. A ese momento en que alguien preguntará: “¿quién votó qué?”
El cronograma ya está escrito: media sanción ahora, regreso al Senado el 27 y el objetivo de llegar al 1 de marzo con ley. Timing político. Escenografía perfecta para la Asamblea.
Pero lo más interesante no está en el texto de la reforma sino en el comportamiento humano alrededor. La psicología oscura del poder funciona así: instalar urgencia, ofrecer alivio, sostener el objetivo. Primero el miedo, después la concesión, finalmente la aprobación. Un patrón viejo como la democracia.
En Argentina la política siempre tiene algo de novela. Nadie gana del todo, nadie pierde del todo y todos dicen que hicieron lo necesario. Como decía Diego Maradona, “la pelota no se mancha”… aunque el partido sea bravo.
Y mientras el recinto discute artículos, afuera la vida sigue: gente que no pudo viajar, empresarios que calculan, trabajadores que dudan. El país mirando esa obra infinita donde cada reforma promete ser la definitiva.
El Archivólogo lo sabe: estas jornadas no se recuerdan por lo que se votó, sino por cómo se negoció. Porque el poder, en Argentina, casi nunca grita. Susurra.
CUADRO CLAVE DE LA REFORMA LABORAL
| Eje | Qué cambia | Estrategia política | Impacto posible |
|---|---|---|---|
| Licencias médicas | Se elimina el recorte (marcha atrás) | Concesión para asegurar votos | Reduce conflicto sindical |
| Indemnizaciones | Nueva base sin aguinaldo, premios ni bonos | Núcleo de la reforma | Menor costo para empleadores |
| Fondo de cese | Opcional por convenio (modelo construcción) | Flexibilización gradual | Cambia esquema de despidos |
| Vacaciones | Posibilidad de fraccionar y negociar fechas | Discurso de “modernización” | Más flexibilidad empresarial |
| Blanqueo laboral | Condonación de multas y deudas | Incentivo a regularizar | Formalización con costo fiscal |
| Trámite legislativo | Vuelve al Senado el 27/2 | Estrategia de timing | Busca sanción antes del 1/3 |
| Clima político | Paro CGT + quórum ajustado | Negociación permanente | Alta incertidumbre |
Al final, la reforma laboral no es solo una ley. Es un espejo. Muestra cómo se mueve el poder cuando nadie quiere quedar como el que cedió. Un juego de sombras donde todos hablan de futuro mientras calculan el presente.
Porque en este país —ya lo sabemos— la política nunca duerme. Solo cambia de estrategia. Y cuando parece que retrocede… probablemente esté avanzando.
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