Mar del Plata en enero suele oler a bronceador, pochoclo recalentado y fracaso ajeno. Pero este verano, además, huele a quilombo. Porque cuando no hay entradas, no hay aplausos y no hay caja, aparece el deporte nacional más antiguo después del fútbol: la pelea. Y esta vez el ring se armó en la calle Rivadavia, con marquesina baja y ego alto.
El escándalo tiene nombres propios: Alfa vs. Matías Alé. Sí, leíste bien. Alfa le inicia acciones legales a Alé, empresario y protagonista de la obra Asia Caliente, donde también está Carna, en una temporada que viene floja de papeles y cargada de pases de factura.
La bomba la tiró el colega Fede Flowers, que avisó sin anestesia que Alfa fue citado este lunes a las 19 para informarle que quedaba afuera del elenco. No hubo brindis, no hubo abrazo, no hubo “lo hablamos después”. Hubo puerta y afuera. Como en los viejos boliches: no pasás, maestro.
Pero el detrás de escena es todavía más espeso. Alfa está furioso. Dice que nunca vio un peso desde que llegó a Mar del Plata y que todo el movimiento estaba “en negro”. Así, sin eufemismos ni sutilezas. En un país donde la informalidad es folklore, pero cuando te toca el bolsillo ya no es tan pintoresco.
Desde la producción, la versión es otra y digna de sainete: que Alfa rechazaba a la gente, que hacía esperar a los chicos para las fotos, que no cumplía con lo pactado. Pero Alfa contraataca con una frase que podría ir directo a la antología del verano:
👉 “La gente me pedía selfies a mí, no a Alé”.
Y ahí se pudrió todo. Porque cuando el ego entra en escena, el libreto vuela por el aire.
El dato no menor es el contexto: la temporada marplatense viene flaquísima. Salas semivacías, actores repartiendo volantes como en los 90, productores mirando el celular con cara de velorio. “Hay poco para repartir”, dicen en la peatonal, y cuando la torta es chica, las migas se pelean con abogados.
Alé, que supo ser galán, mediático y sobreviviente serial del espectáculo, hoy queda en el centro de la tormenta. Alfa, que capitalizó como pocos su paso por Gran Hermano, siente que lo usaron para traccionar público y después lo descartaron. Vieja historia, nueva cara. Como decía Tato Bores: vermouth con papas fritas… y juicio.
La guerra recién empieza. Habrá cartas documento, versiones cruzadas, micrófonos calientes y panelistas opinando sin haber pisado nunca un teatro independiente. Mar del Plata, la feliz, convertida en escenario judicial.
Y acá, inevitablemente, aparece Alejandro Dolina flotando en el aire nocturno de la ciudad. Dolina diría —con esa voz de bar cerrado y tango lento— que el verdadero drama no es quién tiene razón, sino la tragedia de querer ser querido por una multitud que ya se fue. Que el aplauso es un amor breve, que el éxito dura lo que tarda el público en cruzar la vereda, y que cuando el teatro se vacía, los egos quedan haciendo eco.
Diría, quizás, que no hay nada más triste que discutir por dinero cuando lo que está en juego es el reconocimiento, y que en el fondo todos —Alfa, Alé, los productores y hasta los cronistas— somos personajes de una obra que se repite cada verano, con distinto elenco pero el mismo final: luces que se apagan, cuentas que no cierran y un telón que baja sin ovación.
Porque al final, como diría el Negro, la gloria es un malentendido que dura lo que dura una temporada. Y en Mar del Plata, a veces, ni eso.