Hay veranos que tienen aroma a bronceador y otros que huelen a Excel. Este, claramente, tiene olor a planilla, a calculadora prestada y a la frase más repetida del verano argentino: “Nos quedamos menos días”. Porque salir de vacaciones hoy no es un descanso: es una decisión económica, casi un acto de fe. Y a veces, directamente, una fantasía.
Un informe privado puso números a lo que todos intuíamos mientras mirábamos el mar desde la pantalla del celular: una familia tipo necesita casi cuatro millones de pesos para vacacionar siete días en la Costa Atlántica en la segunda quincena de enero. Cuatro millones. Así, sin anestesia. Como para que el mate se enfríe solo.
El número exacto es $3.880.488. Traducido al idioma argentino promedio: 2,38 sueldos. O sea, te vas una semana y volvés debiendo dos meses de laburo. Y eso sin contar el “dale, total estamos de vacaciones”, que es la frase más peligrosa desde “confío en vos”.
La Costa se revaloriza, dicen. Y sí, claro que se revaloriza… para el que puede pagarla. Porque el informe también deja al desnudo algo que ya no se puede disimular ni con filtro: hay costas para argentinos y costas para argentinos premium. Villa Gesell y Cariló ya no son destinos: son categorías sociales.
En Gesell, una familia necesita poco más de dos millones. Sigue siendo caro, pero todavía entra en el terreno del “hacemos malabares”. En Cariló, en cambio, el número es obsceno: más de diez millones y medio de pesos por una semana. Cinco veces más que Gesell. Ahí ya no hablamos de vacaciones, hablamos de pertenecer. De status. De portón automático y silencio selecto.
Como decía Tato Bores, “el humor es una forma de decir la verdad”. Y la verdad es que Cariló dejó de ser un lugar: es un mensaje. Si vas, mostrás. Si no vas, mirás desde Instagram.
Pinamar, Mar de las Pampas, San Bernardo… todos juegan a esa ruleta rusa donde el descanso se mide en tarjetas de crédito. Y ni hablar de la letra chica del verano: carpas a más de cien lucas por día, comer afuera por noventa mil pesos como si nada, helado artesanal que ya no se pide por gusto sino por nostalgia.
El informe también compara el costo con el salario promedio: $1.627.212. Resultado: no alcanza ni para el destino más barato. Villa Gesell ya se come un sueldo y medio. Cariló necesita seis salarios y medio. Seis. Medio. Como si alguien pudiera guardar sueldo tras sueldo sin que se le rompa la heladera, el lavarropas, el auto o la vida.
Y acá viene el dato que da bronca fina, esa que no hace ruido pero queda: el poder adquisitivo turístico no cambió respecto al año anterior. O sea, seguimos igual. Mal, pero iguales. El turismo interno resiste, dicen. Sí, resiste… porque el argentino resiste todo. Ajusta, recorta, achica, pero igual quiere ver el mar. Porque en este país, irse de vacaciones no es lujo: es terapia.
Como diría Discépolo, “vivimos revolcaos en un merengue”. Un merengue caro, eso sí. Donde el descanso se paga en cuotas, el mar se mira con culpa y el regreso trae siempre la misma sensación: te fuiste pobre y volviste más pobre, pero al menos viste el horizonte.
Las vacaciones en la Costa Atlántica dejaron de ser un derecho simbólico y pasaron a ser un termómetro social. El mar sigue siendo el mismo, pero no todos lo miran desde el mismo lugar. Y en la Argentina de hoy, descansar no es desconectar: es sobrevivir con vista al agua.
AGENCIA DE GUARDIA SITIO OFICIAL!



