Se fue Robert Duvall. Y aunque Hollywood está a miles de kilómetros, acá en Buenos Aires la noticia pega distinto. Porque hay actores que uno mira desde lejos, con pochoclos en la mano. Y hay otros que se te meten en la vida como si fueran parroquianos del bar de la esquina. Duvall era de esos. De los que no actuaban: eran.
A los 95 años bajó el telón uno de los tipos que redefinió el cine norteamericano sin hacer ruido. Sin aspavientos. Sin sobreactuar. Como buen maestro del método, entendía que el poder no está en gritar, sino en mirar fijo. Y en este país donde el silencio a veces dice más que un discurso en cadena nacional, eso lo entendimos perfecto.
Para muchos de nosotros, criados entre el cable y el VHS rebobinado con birome, Duvall fue primero Tom Hagen en The Godfather. El consigliere de la familia Corleone. El tipo que hablaba bajito mientras alrededor volaban balas y traiciones. Al lado de Marlon Brando y Al Pacino, no se achicó. Al contrario. Era el equilibrio. La cabeza fría en un mundo de sangre caliente. Y nosotros, que sabemos de internas, lealtades y códigos, entendimos enseguida que ese personaje era puro poder contenido. “Los amigos siempre deben subestimar tus virtudes y los enemigos sobreestimar tus defectos”, decía la saga. Tom Hagen lo sabía de memoria.
Después vino el delirio bélico de Apocalypse Now bajo la batuta de Francis Ford Coppola. Y ahí Duvall fue el Teniente Coronel Bill Kilgore, el hombre que amaba “el olor del napalm por la mañana”. Una frase que quedó tatuada en la historia del cine. Pero más allá de la línea brillante, lo que impactaba era esa sonrisa apenas torcida, esa locura contenida. Era el imperialismo con botas y tabla de surf. Una actuación que te hacía sentir incómodo. Y si el arte no incomoda, ¿para qué sirve?
Ganó el Oscar por Tender Mercies, donde interpretó a un cantante country quebrado, buscando redención. Y ahí apareció otro Duvall: frágil, humano, casi derrotado. Nada de épica. Nada de fuegos artificiales. Un tipo que intenta levantarse cuando la vida ya lo dejó nocaut. Y en esa historia muchos argentinos vimos algo propio. Porque este es el país del “siempre se puede volver a empezar”, aunque estés hecho bolsa.
Su debut había sido como el enigmático Boo Radley en To Kill a Mockingbird. Casi sin hablar. Ya desde ahí mostraba que podía construir un personaje desde la sombra. Después escribió, dirigió y protagonizó The Apostle, un proyecto personal, visceral, donde exploró la fe y la culpa con una intensidad que te dejaba mudo. Y años más tarde volvió a estar nominado por The Judge, demostrando que a los 84 seguía teniendo más verdad que muchos pibes de 30.
Pero si hay algo que nos toca de cerca es su romance con el tango y con la Argentina. No era pose. No era marketing exótico. Duvall venía, caminaba San Telmo, se metía en una milonga y se dejaba llevar. Filmó Assassination Tango en Buenos Aires, enamorado de ese dos por cuatro que, como el buen cine, es pura tensión y abrazo. Decía que el tango tenía la misma verdad emocional que la actuación. Y claro que sí. El tango no se baila, se siente. Y Duvall no actuaba, sentía.
En un mundo donde todo es efecto especial y algoritmo, él era pausa. Mirada. Respiración. Nos enseñó que el carisma no siempre es estruendo. A veces es quietud. Y en esa quietud había una potencia tremenda.
Se fue una leyenda. De esas que no necesitan trending topic para ser eternas. Para los que crecimos mirando cine yanqui con subtítulos amarillos y mate en mano, Duvall fue parte de la educación sentimental. Nos mostró que un personaje puede ser temible sin levantar la voz. Que la redención existe. Que el poder se construye desde la inteligencia.
Como diría el tango, “nada es eterno en el mundo”, pero hay tipos que dejan huella. Y Robert Duvall dejó una marca profunda, de esas que no se borran ni con el paso del tiempo ni con el zapping.
Hoy Hollywood lo despide de pie. Y nosotros, desde esta Buenos Aires que también fue un poco suya, levantamos la copa imaginaria en un bar de luces bajas. Porque cuando se va un actor así, no se muere una estrella. Se apaga una forma de entender el cine.
Y eso, viejo, duele de verdad.
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