En el mundo APTRA, donde el café se enfría rápido y las decisiones se toman a mano alzada —como en el potrero—, el partido Pilar Smith no terminó. Hay segunda vuelta, hay revisión y, sobre todo, hay ruido. Porque cuando el público pide replay, algo falló en la primera jugada.
A pedido del respetable, nos pusimos a averiguar cómo sigue el conflicto entre Pilar Smith y la entidad que supo ser sinónimo de premios, flashes y abrazos de ocasión. Recordemos: Pilar fue expulsada en diciembre, en una asamblea que resolvió su suerte con el pulgar levantado y poco espacio para la réplica. Listo, siga, siga. Pero no. La historia no cerró.
Por estas horas, la Comisión Directiva vuelve del veraneo (bronceados varios, consciencias veremos) y lo primero que hará —jueves o viernes, agenda mediante— será evaluar la nota que dejó Pilar pidiendo la nulidad de su expulsión. Un pedido formal, con argumentos, sin estridencias. Lo mínimo que se le debe a cualquiera: ser escuchado.
Si la Comisión lo considera, Pilar será citada para exponer su posición cara a cara. Como corresponde. Como debió haber sido desde el arranque. Después, el tema volvería a la Asamblea de socios, esta vez con asesoría legal de ambas partes. Y acá está el detalle que muchos convenientemente olvidan: Pilar no pudo estar en la asamblea anterior porque estaba de vacaciones. No huyendo, no escondida, de vacaciones. Algo que, en cualquier club del mundo, amerita esperar y no sacar tarjeta roja directa.
Importante subrayarlo: esto no está en la Justicia. No hay juzgados ni expedientes. Es un conflicto interno de una entidad privada, lo que lo vuelve todavía más delicado. Porque cuando no hay jueces, lo único que queda es el criterio, la ética y un poco de humanidad. Tres cosas que no siempre hacen buenas migas con el reglamento tácito del “siempre se hizo así”.
En paralelo, el caso Evelyn von Brocke corre por otro carril. A ella le fue rechazada la nulidad porque no se presentó personalmente, sino vía asistencia legal. Cuando vuelva de Europa, deberá dar la cara en APTRA con su abogada. Distintos procedimientos, distintas circunstancias. No todo es lo mismo, aunque a algunos les convenga mezclar.
Ahora bien, dicho sin vueltas: la tendencia en el caso Pilar Smith juega a su favor. No por amiguismo, no por lobby, sino por algo mucho más simple y más antiguo: el derecho a ser oída. En un ambiente donde abundan los micrófonos, paradójicamente escuchar cuesta. Y cuando una institución se olvida de escuchar, empieza a parecerse demasiado a aquello que dice combatir.
Y acá conviene invocar al Negro Fontanarrosa, que no escribía códigos ni estatutos, pero entendía como nadie la lógica humana del conflicto. El Negro diría —mate en mano, sonrisa ladeada— que no hay nada más peligroso que una asamblea convencida de que ya decidió bien. Que el problema no es equivocarse, sino no animarse a desandar el error. Porque rectificar, decía sin decirlo, no es perder autoridad: es ganar dignidad.
Diría también que las instituciones no se fortalecen echando gente, sino bancándose las discusiones, y que cuando el reglamento se usa como garrote, deja de ser regla y pasa a ser excusa. Y cerraría, probablemente, con esa sentencia tan suya y tan nuestra: “Al final, muchachos, no se trata de quién levantó la mano primero, sino de quién tuvo el coraje de bajarla para escuchar al otro”.
En APTRA hay segunda vuelta. Ojalá también haya memoria, equilibrio y un poco de grandeza. Porque premios puede dar cualquiera. Justicia interna, no tanto.
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