Hay personas que no entran en una sola etiqueta. Y Ariel Casagrande es de esos que, como decía Tita Merello, “no se hacen… se nacen”. Modelo, actor, influencer, panelista, futuro locutor y soñador profesional, Ariel camina el mundo mediático con una mezcla rara y valiosa: sensibilidad a flor de piel y una determinación que no hace ruido, pero avanza.
En tiempos donde todos gritan para que los miren, él prefiere construir. Como diría la abuela: “calladito y laburando se llega más lejos”. Y Ariel labura.
Lo ves frente a cámara y hay algo que queda. Presencia. Esa que no se estudia, esa que se trae de fábrica. No es casual que muchos le vean un aire a Freddie Mercury: el bigote, los rasgos, pero sobre todo esa vibra de artista que no pide permiso. Freddie rompió moldes; Ariel parece ir por el mismo camino, a su manera, en su época y con su propio idioma.
Amante del cuero, de lo vintage, de lo que tiene historia, Ariel entiende la moda como un lenguaje. No se viste para gustar: se viste para decir algo. Cada prenda parece contar un capítulo, como esos discos viejos que crujen pero suenan mejor que nunca. Porque como decía El Eternauta: “lo viejo funciona”… cuando es auténtico.
Pero ojo, que no todo es imagen. Ariel se define —y se nota— como una persona sensible. Y en este mundo que todavía confunde sensibilidad con debilidad, él la levanta como bandera. “Sensible pero no boludo”, diría cualquier tío en un asado dominguero. Esa sensibilidad es la que lo empuja a formarse, a estudiar actuación, a pensar en la locución, a imaginarse cruzando fronteras y dejando huella en el cine nacional.
Ariel no desconoce el vértigo. Lo mira de frente. Sabe que soñar en grande da miedo, pero también sabe —como decía el Diego— que “hay que ser valiente para ser feliz”. Castings, exposiciones, críticas, comparaciones: todo eso está en el combo. Y él avanza igual.
Panelista, actor en formación constante, con la cabeza puesta en el mundo pero los pies bien plantados acá. Porque si algo tiene Ariel es esa mezcla tan nuestra: ambición sin caretearla, sueños sin olvidar de dónde viene.
En una época donde muchos se inventan personajes, Ariel apuesta a algo más difícil: ser. Ser fiel a quien es mientras construye lo que quiere ser. Sin atajos, sin máscaras. Como diría la tía en voz baja: “este pibe tiene madera”.
Su camino recién arranca, pero hay señales claras. No pasa desapercibido. No grita. No sobreactúa. Está. Y cuando la sensibilidad se mezcla con determinación, no hay fragilidad: hay presencia.
Y eso, en cualquier época, siempre garpa.
Porque al final, como decía Sandro, “el fuego sigue encendido”. Y en Ariel Casagrande, ese fuego recién empieza a arder. 🔥
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