Por Gus Reimon
La Plaza de Mayo volvió a ser escenario de una protesta masiva contra el ajuste y la reforma laboral de Javier Milei. Hubo columnas, bombos, banderas y bronca acumulada. Lo que no hubo fue lo que las bases vienen reclamando desde hace meses: una decisión concreta de confrontar.
La CGT volvió a elegir el camino conocido. Amenazó, advirtió, levantó el dedo… pero no convocó al paro general. Otra vez. “A los senadores, ojo con lo que hacen”, lanzó Octavio Argüello desde el escenario. Un mensaje más cercano a la admonición moral que a una estrategia de lucha real frente a un gobierno que avanza sin miramientos sobre derechos laborales históricos.
La escena se repite: multitudinaria marcha, discursos encendidos, pero final previsible. La central obrera habla de “plan de lucha” mientras patea las decisiones hacia adelante, como si el ajuste pudiera esperar. Jorge Sola, otro de los triunviros, prometió que “terminarán en un paro nacional” si no son escuchados. El problema es que ese futuro siempre se corre un poco más, mientras Milei gobierna el presente a fuerza de decretos, leyes regresivas y extorsión parlamentaria.
La Plaza no estuvo colmada. Hubo claros, espacios vacíos, circulación fluida. Un dato que no es menor: la gente empieza a desconfiar cuando las convocatorias no se traducen en acciones. La mayor concentración estuvo sobre Avenida de Mayo y Diagonal Sur. A la izquierda, como siempre, la relegaron a Diagonal Norte. Y desde allí llegó el grito que sintetizó el clima real de la jornada: “¡Paro general!”.
“El 26 están todos de vacaciones”, se quejaban desde el Polo Obrero, señalando sin eufemismos a una dirigencia sindical que parece más preocupada por no romper puentes institucionales que por frenar el atropello. Porque mientras la CGT administra los tiempos, el gobierno no duda.
Milei ya logró lo que buscaba: ganar aire. Tras los tropiezos en Diputados con el Presupuesto 2026, el oficialismo decidió frenar el tratamiento de la reforma laboral en el Senado y pasar la sesión del 26 de diciembre al 10 de febrero. No fue una concesión: fue una jugada táctica para ordenar votos y blindar un proyecto estratégico. Patricia Bullrich lo comunicó sin rodeos en comisiones. Ellos juegan a fondo. Del otro lado, se duda.
Las bases lo saben. Por eso el malestar crece. Porque no se trata solo de salarios o convenios: quieren romper el sistema previsional, el sistema de salud y la acción colectiva, como bien se dijo desde el escenario. Y frente a eso, la respuesta no puede ser una advertencia elegante ni un discurso para la tribuna.
No hay libertad sin justicia social, es cierto. Pero tampoco hay justicia social sin conflicto real. Y hoy la CGT parece más cómoda en la puesta en escena que en la confrontación efectiva.
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