
El evento era solidario, a beneficio de las víctimas del desastre. Todo muy formal, muy cronometrado, muy “orden y progreso”. Y ahí entra en escena un nombre que la historia suele dejar en el costado del escenario, pero que fue clave: Roberto Galán. Sí, el mismo Galán que décadas después sería el rey del corazón televisado, el que hacía llorar a medio país con “Yo me quiero casar, ¿y usted?”. En 1944 no era todavía ese Galán mítico, pero ya era locutor, conductor y uno de los organizadores del festival. El tipo que tenía el micrófono, el reloj en la mano y la agenda apretada como abrazo de suegra.
Mientras Galán presentaba números arriba del escenario, desde abajo una joven actriz rubia, flaca, con hambre de mundo y de destino, lo manoteaba literalmente del saco. “Roberto, dejame subir, presentame”, insistía Eva Duarte, que había ido con una colega y que no estaba dispuesta a quedarse de espectadora. Galán quería, pero no podía. El tiempo estaba contado, los militares mirando el reloj y la ceremonia avanzando como desfile. Evita insistía. Tenía eso que después sería marca registrada: no pedir permiso, empujar la puerta.
Ella no quería aplausos, quería contacto. Le pidió a Galán algo concreto: que la presentara al coronel Juan Domingo Perón. Perón, por entonces secretario de Trabajo y Previsión, organizador político de la ayuda, hombre en ascenso. El poder en uniforme, pero todavía sin mito. Galán tomó nota mental. Y el destino, que a veces juega de utilero, hizo lo suyo: varios militares se retiraron del recinto y quedaron dos asientos libres, justo al lado de Perón. Ahí Galán bajó del escenario, se acercó, presentó a las dos actrices. Eva no dudó ni un segundo: se sentó al lado del coronel. La otra chica quedó al lado del otro asiento. Y listo. El resto es historia, manual escolar, estampita, discusión de sobremesa y tatuaje en el pecho de la Argentina.
Dicen —porque en la historia argentina siempre se dice— que ella le soltó algo así como “Coronel, gracias por existir”. Si fue así o no, poco importa. Lo importante es que ahí se miraron y ya no se soltaron más. Como diría Sabina, “no hubo final feliz, pero sí hubo amor”. Desde esa noche, Evita no volvió a su vida anterior. A los pocos días estaba trabajando en la Secretaría de Trabajo y Previsión. Primero ayudando, después organizando, más tarde siendo puente, megáfono y corazón de un movimiento que todavía no tenía nombre, pero ya tenía mística.
Perón, años después, diría que ella tenía una sensibilidad extraordinaria. Que entendía a la gente. Que mientras él levantaba paredes, ella abrigaba a los que esperaban afuera. Frases que suenan a prólogo de epopeya. Y todo arrancó ahí, entre aplausos solidarios, un micrófono apurado y un Roberto Galán que no pudo subirla al escenario, pero terminó acomodándola en la historia. Ironías hermosas de este país: el mismo tipo que después uniría parejas por televisión, fue el celestino involuntario del peronismo.
Uno se los imagina saliendo del Luna Park, noche pesada de enero, Buenos Aires transpirando política y tragedia, Evita caminando rápido, Perón escuchando. Como diría Dolina, quizás sin saberlo, “hay amores que no empiezan: continúan algo que ya estaba escrito en otro lado”. Esa noche no nació solo una pareja: nació un relato que todavía hoy divide, enciende, enamora y enoja.
Veredicto de El Archivólogo:
En la Argentina nada importante pasa del todo ordenado. Siempre hay alguien manoteando desde abajo del escenario, alguien mirando el reloj y alguien que se sienta en el lugar justo cuando queda libre. Perón y Evita no se conocieron por azar: se cruzaron porque este país, cuando quiere cambiar su historia, lo hace a los empujones. Y porque a veces, como en el Luna Park del ’44, el destino no pide permiso… se sienta al lado y no se va nunca más.
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