Señor editor… el tape, por favor.
Porque si vamos a hablar de helado en la Argentina, no estamos hablando de postre. Estamos hablando de identidad. De esa costumbre bien nuestra de salir a las once de la noche “a dar una vueltita” por la Avenida Triunvirato y volver con un kilo bajo el brazo. Estamos hablando de la cadena que convirtió el gusto en volumen industrial. Estamos hablando de Grido, los reyes del freezer nacional.
Y si nos ponemos quisquillosos, la familia que más heladerías tiene en este bendito país probablemente sean los Santiago. Sí, los cordobeses que arrancaron repartiendo y terminaron armando un imperio. Pero vayamos despacio, que el Archivo no corre… el Archivo reconstruye.
Grido no es solamente la cadena más grande de la Argentina. Es una de las más grandes del mundo. Casi 2000 sucursales entre Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile y Perú. Setenta y cinco millones de kilos de helado por año. Una máquina que escupe 40 mil palitos por hora como si fueran figuritas del Mundial. Una cámara frigorífica que puede guardar 15 millones de kilos. Una estructura tan grande que en pandemia hasta se ofrecieron para almacenar vacunas. Una locura.
Pero como decía el viejo axioma maradoniano adaptado al freezer: cuando el crecimiento es mundial… el conflicto también lo es.
La historia arranca en Córdoba, como tantas historias empresariales de este país que parecen salidas de un asado familiar que se fue de mambo. La familia Santiago ya venía del rubro. Distribuían, fabricaban cucuruchos, estaban metidos en el mundo dulce desde los años veinte. Hasta que en los noventa, crisis mediante, peleas familiares incluidas —porque en Argentina no hay empresa grande sin sobremesa tensa— Oscar Santiago decide abrir su propia heladería: Marvik, en barrio Alberdi.
Y ahí aparece la chispa. Porque la crisis del 2000-2001 fue una piña económica, pero también fue un laboratorio. La gente no podía cambiar el auto, no podía irse de vacaciones… pero el gusto del kilo de helado seguía siendo posible. El pequeño lujo democrático. Como Mostaza con la hamburguesa barata, Grido encontró el hueco: helado accesible, producción industrial, locales chicos, franquicias a lo pavote y expansión agresiva.
Arrancaron con 100 mil pesos y cuatro locales en el año 2000. Iban a llamarse “Crico”. Ya tenían bolsas, marquesinas, gorras. Hasta que una noche de zapping aparece Tinelli anunciando un helado de Frigor que también se llamaba Crico. No habían registrado nada. Golpe al mentón. No había plata para rehacer todo. Cambiaron un par de letras y nació el nombre que hoy está en cada esquina del conurbano: Grido.
El timing fue quirúrgico. Un país quebrado, consumo contenido, helado barato todo el año. Al año ya tenían 50 franquicias. A la década, 900 locales. Córdoba les quedó chica, se expandieron por el interior y recién en 2008 desembarcaron en Buenos Aires, no en Palermo ni en Belgrano… sino en Flores y Avellaneda. Porque el modelo era claro: ir donde otros no iban. Como el que juega por las bandas mientras los demás se amontonan en el centro.
Pero el éxito en Argentina nunca viene solo. En 2010 explotó en Rosario la llamada “guerra del helado”. La cámara del helado artesanal salió con los tapones de punta: que Grido iba a fundir a las heladerías barriales, que había que frenar la expansión. Ordenanza municipal, límite de locales, batalla legal que terminó años después declarada inconstitucional. Una pelea bien criolla: industria versus tradición.
Y en 2012 llegó el golpe judicial. Detuvieron a Oscar, Lucas y Sebastián Santiago acusados de presunta evasión millonaria. Asociación ilícita, cifras que mareaban, fianza, idas y vueltas en la causa. La empresa siguió funcionando, expandiéndose, lanzando nuevos productos. Pero la mancha mediática quedó como una gota de dulce de leche en la camisa blanca.
Porque Grido no se quedó quieto. Se metió en congelados con Frizzio, nuggets, empanadas, tartas. Lanzó heladeras inteligentes tipo Amazon Go. Anunció inversiones millonarias para duplicar producción. Y según informes privados, se ubica entre las cadenas de heladerías más grandes del planeta, detrás de gigantes estadounidenses y una rusa de nombre impronunciable que suena a equipo de hockey.
Mientras tanto, el termómetro popular le agrega condimento. La foto de Messi en 2012 comprando en un Grido de Rosario se convirtió en estampita. El mejor del mundo con un cucurucho en la mano. Marketing involuntario, pero celestial. Porque en Argentina todo lo que toca Messi adquiere categoría de patrimonio nacional.
Ahora bien, ¿qué representa Grido para el argentino promedio? Para muchos, el helado accesible que permitió que el consumo per cápita creciera. Para otros, el símbolo de la industrialización del gusto. Para algunos artesanos, competencia feroz. Para el barrio, una luz prendida en invierno cuando las demás heladerías bajaban la persiana.
Como todo gigante criollo, tiene luces y sombras. Crecimiento meteórico, modelo de franquicias exitoso, pero también conflictos legales y polémicas. Lo que nadie puede discutir es que logró algo que en este país es más difícil que salir campeón del mundo: mantenerse y expandirse en crisis tras crisis.
Y acá el Archivólogo se pone un segundo serio. Porque en esta época de comentarios livianos y dedos rápidos, conviene recordar que detrás de cada empresa, cada canal, cada emprendimiento, hay personas. Se puede criticar, se debe debatir, pero la agresión gratuita no suma ni un gramo de dulce de leche al pote.
Veredicto final del Archivo: Grido es un producto de su tiempo. Nació en crisis, creció en la necesidad, se expandió con ambición. Democratizó el helado, industrializó el gusto y convirtió el kilo nocturno en costumbre nacional masiva. ¿Es artesanal? No del todo. ¿Es popular? Sin duda. ¿Es argentino? Absolutamente.
Porque en este país el helado no es sólo postre. Es excusa. Es sobremesa. Es el “¿pedimos uno y vemos?”. Es el ritual de domingo. Y cuando una marca logra meterse en ese ritual… ya no es sólo empresa. Es parte del paisaje.
Señor editor…
corte el tape.
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