Por El Archivólogo para Agencia de Guardia
Hay historias que duelen más que una piña en la nuca. Y esta, queridos lectores, es una de esas. Porque no estamos hablando de un robo común y silvestre, de esos que se olvidan con el correr del día… Estamos hablando de las manos de Él. Las manos que firmaron decretos, las que acariciaron multitudes desde los balcones, las que empuñaron la banda presidencial y también la historia. Las manos de Juan Domingo Perón, el General.
29 de junio de 1987. Fría como abrazo de suegra fue esa noche, cuando el Cementerio de Chacarita, silencioso como un convento a medianoche, fue testigo de uno de los episodios más escalofriantes del folclore político argentino. Alguien –o mejor dicho, alguienes– entraron en la cripta de Perón, forzaron el vidrio de seguridad de 170 kilos (sí, 170, no es un error) y le serrucharon las manos. Así como lo lees, como si fuera una escena de “El Padrino”, pero argenta. “Los tendones, blancos y delgados, pendían…” decía Puzo de un caballo. Acá pendían de un ex presidente. Tétrico y nacional.
El primer grito del espanto lo pegó Vicente Saadi, capo del PJ, cuando le llegó una carta firmada por “Hermes IAI del y los 13” exigiendo ocho millones de dólares y una silla en el Congreso. Insólito. Como quien pide delivery de poder. Pero más allá del delirio, nadie –hasta el día de hoy– pudo probar ni quién entró, ni cómo, ni por qué. Solo se sabe que hacía falta una decena de llaves para abrir esa bóveda. ¿Diez llaves? Ni para el Fort Knox…
La teoría más sostenida, y no por eso menos delirante, la aportaron años más tarde los periodistas David Cox y Damián Nabot. En su libro La segunda muerte apuntan al italiano Licio Gelli, capo de la logia P2, un tipo que no se andaba con chiquitas. Según ellos, Perón le había prometido exclusividad en las relaciones comerciales con Europa. Pero como buen tano caliente, al ver que el negocio no prosperaba, se vengó de la manera más mafiosa posible: le arrancó las manos al cadáver. Un mensaje más fuerte que mil discursos.
A partir de ahí, lo que vino fue una mezcla de morbo y cultura pop: tapas de revistas, stencils callejeros con la leyenda “Izquierda, derecha, ni una mano”, y hasta un videojuego en 2011 donde Perón, devenido zombie, buscaba vengarse “por mano propia” de los gorilas. Si esto no es argentinidad al palo, ¿entonces qué?
La profanación no solo manoseó un símbolo. También dejó al desnudo lo peor de nosotros: la obsesión por el poder, el culto al mito y ese gustito morboso que tenemos por lo macabro. Como diría Charly García: “La máquina de ser feliz no funciona sin amor, y esto fue un acto de odio”.
Porque una cosa es la política, y otra muy distinta es chorear manos de un muerto. Eso ya entra en el terreno de lo inenarrable, de lo kafkiano. O como diría Tato Bores: «La historia oficial es como el tango: tiene dos versiones y nunca sabés cuál es la verdadera.»
El Veredicto del Archivólogo:
La historia de las manos de Perón es la historia de un país que muchas veces no sabe cómo honrar ni a sus muertos. Una postal perversa del delirio nacional. Y aunque la verdad duerma en algún archivo perdido o en una bóveda con más candados que secretos, lo único cierto es que esas manos ya no están. Y que el mito, como siempre, va a seguir saludando solo.
Porque como decía Luca Prodan, con su tonito roto de poeta punk:
«Todo preso es político, y en este país, hasta los muertos tienen causas pendientes.»
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