Susana nació un 29 de enero de …, pero en realidad nació muchas veces: cuando se volvió rubia en una peluquería venezolana porque el colorado “no salía”; cuando debutó con hombreras de robot en ATC en el ’87; cuando dijo “le tiré el cenicero” y el país frenó para mirar; cuando repartió guita en valijas Louis Vuitton para que sus periodistas no pasaran las fiestas sin un mango; y cuando entendimos que no era solo una conductora: era un clima, una época, una manera de ser argentina.
De chica soñaba con ser famosa. Y ojo, no lo decía bajito. Lo logró sin pedir permiso, como se logran las cosas en este país: a los empujones, con carisma y con un poco de quilombo. Fue madre a los 17, se separó joven, laburó de secretaria en la fábrica del padre, se aburrió, miró para el costado y dijo “bueno, pruebo de modelo”. Y el resto es historia… o mejor dicho, mitología nacional.
Su abuelo la llevaba al cine todos los días. Tres películas seguidas, cines de barrio, butacas gastadas. Ahí nació la Susana actriz, la que después sería La Mary, la que jugó a las cartas con Monzón entre toma y toma, la que amó fuerte y se quemó más fuerte todavía. “Nos prendimos fuego y no pudimos con el fuego”, dijo alguna vez. Más claro, imposible. Frase que podría haber firmado Discépolo.
Susana es contradicción pura y por eso nos representa. Dice que no le gusta la política, pero se sienta con presidentes. Va a Olivos pero no a la Casa Rosada. Apoya, opina, se corre. “Necesito que me quieran”, confiesa sin vueltas. Y ahí está la clave: Susana entendió antes que nadie que en Argentina el amor del público es un contrato emocional, no ideológico.
El programa Hola Susana colapsó centrales telefónicas, tuvo código postal propio, recibió millones de cartas y regaló desde australes hasta autos. Cambió miles de vestuarios, hizo horas infinitas de maquillaje y entrevistas internacionales cuando eso no era moda, era proeza. Susana fue global antes de que existiera la palabra “global”.
En la intimidad, es otra cosa. Zapatillas, calzas, dormir a las cuatro de la mañana, charlar con Mirtha por WhatsApp, bordar petit point y putear como camionero en confianza. Lee tres libros por semana, cree en la reencarnación (fue egipcia, romana y seguramente diva en todas), ama a San Martín, idolatra a Rita Hayworth, se derrite por Rod Stewart y sostiene que De Niro es el mejor actor del mundo. Y tiene razón, ¿qué querés que te diga?
Con los nietos es Kika, no abuela. Les enseñó a jugar a las cartas, a la generala y a perder sin drama. Odia jugar a las escondidas. “Por suerte crecieron”, dijo. Frase de oro para cualquier adulto mayor con dignidad.
Tuvo un Fiat 600 lleno de zapatos, se operó la nariz dos veces, nunca ocultó la edad, siempre dijo que le gusta la guita y gastarla bien. “Soy muy materialista”, admitió sin culpa. Porque Susana jamás pidió perdón por disfrutar. Y eso, en un país culposo, es casi revolucionario.
Cuando la revista Susana quedó en banda y no le pagaban a los periodistas, mandó dos valijas llenas de plata para cubrir los sueldos. “Sé lo que es pasar las fiestas sin un mango”. Glamour y códigos. Eso también es ser diva.
Ayuda en silencio a hospitales, hogares y chicos enfermos. No lo cuenta. No lo muestra. Porque hay cosas que Susana hace para ella, no para la cámara.
Fue tapa, fue escándalo, fue rating, fue mito. Cuando dijo “cuando me muera voy a ser un mito total”, no exageraba. Susana ya es un mito en vida, como Maradona, como Sandro, como Mirtha. Gente que no se explica: se siente.
Hoy cumple años la mujer que nos hizo reír, llorar, gritarle a la tele y repetir frases como mantras populares. La que entendió que la felicidad, como le dijo Woody Allen, es estar entretenido… y se dedicó a entretenernos a todos durante décadas.
Susana Giménez no es solo una diva.
Es una época caminando en tacos,
una rubia que nos representa,
una mujer libre que hizo lo que quiso,
y una certeza argentina:
cuando ella aparece, algo pasa.
Feliz cumpleaños, Su.
El archivo te saluda de pie. 🍾✨
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