La miseria avanza: el Gobierno impone un aumento de apenas $6.000 al Salario Mínimo

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La miseria avanza: el Gobierno impone un aumento de apenas $6.000 al Salario Mínimo

IMG-20251203-WA0108.jpgPor Gus Reimon

 

El Gobierno volvió a exhibir, sin pudor y sin anestesia, su hoja de ruta: achicar salarios, disciplinar a los trabajadores y naturalizar la pobreza como política de Estado. En una Argentina devastada por la inflación y con más de la mitad de la población bajo la línea de pobreza, la Casa Rosada decidió “aumentar” el Salario Mínimo Vital y Móvil apenas $6.000. Sí: seis mil pesos. Un aumento que no llega ni a propina en una semana laboral.

 

El salario mínimo pasa de $322.000 a $328.000, una cifra que no alcanza ni remotamente para vivir y que confirma lo que ya muchos economistas y organizaciones sociales advierten: estamos ante un proceso de empobrecimiento deliberado, frío y planificado.

 

Mientras los empresarios ofrecían $4.000 —un monto ya irrisorio—, las centrales sindicales reclamaban entre $190.000 y $414.000 para empezar a recuperar lo perdido. Pero el Gobierno fue más allá: decidió un incremento todavía más bajo que la propuesta patronal. Una provocación. Una declaración de guerra contra el salario.

 

El aumento del 1,8% equivale al precio de un kilo de pan o a un viaje en colectivo por día laboral. Ése es el valor que el Gobierno le asigna al trabajo en la Argentina de Milei.

 

Un salario mínimo que ya no sirve ni de referencia

 

La propia Ley de Contrato de Trabajo establece que el SMVM debe garantizar “una vida digna”. Pero hoy, en la Argentina real, el salario mínimo:

 

equivale a menos de un tercio de la canasta básica,

 

condena a la pobreza incluso a quienes tienen empleo formal,

 

es uno de los más bajos de América Latina medido en dólares reales.

 

La conclusión es brutal: el salario mínimo dejó de ser un piso y pasó a ser una lápida.

 

Con este aumento simbólico, Milei profundiza su política más consistente: aplastar ingresos mientras los precios siguen en ascensor. No hay error técnico: hay decisión política.

 

Un contraste que desnuda el proyecto

 

Las reacciones no se hicieron esperar. Entre gremios y organizaciones sociales, el dato que más indignó fue la distancia obscena entre los reclamos y la decisión final:

 

Los sindicatos pedían recomposición real.

 

Los empresarios ofrecieron apenas migajas.

 

Y el Gobierno eligió algo peor: una rebaja salarial encubierta.

 

Para las centrales sindicales, el mensaje es claro: el Gobierno quiere salarios bajos como modelo económico. No es coyuntura: es doctrina.

 

Un país que se empobrece en tiempo real

 

Este recorte del salario mínimo ocurre mientras:

 

La pobreza supera el 50%.

 

Los salarios reales se desplomaron más de 20% en un año.

 

La inflación sigue destruyendo ingresos.

 

El consumo cae en picada y arrastra a comercios y pymes que cierran por asfixia.

 

En este contexto, un aumento de $6.000 no es una política: es una burla. Una cachetada a millones de trabajadores que ya no llegan a fin de semana, mucho menos a fin de mes.

 

La austeridad selectiva

 

El Gobierno predica el ajuste, pero solo para abajo. Para el poder político, para los amigos del Presidente, para los nuevos “gestores privados” dentro del Estado, el recorte nunca llega.

 

Para los trabajadores, en cambio, llega todos los meses y con nombre propio: miseria planificada.

Lo que podría haber sido una instancia para empezar a reparar el derrumbe salarial terminó convertido en un gesto explícito de desdén hacia quienes sostienen la economía real. En un país donde los precios corren en Fórmula 1 y los ingresos avanzan en triciclo, el salario mínimo acaba de perder otro pedazo de dignidad.

 

La miseria avanza. No por accidente. No por error.

Por decisión política.

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