Por El Archivólogo | Agencia de Guardia
Hay frases que no necesitan traducción. Que apenas suenan, ya sabemos de qué se trata. Como un tango bajito en la radio o un gol gritado con alma y vida. “Este no quiere más Lola” es de esas. Una joyita del lunfardo emocional, una línea de guion que podría haber escrito el propio Discépolo con resaca de milonga y vino carlón.
Pero… ¿de dónde viene realmente esta frase? ¿Quién era Lola? ¿Y por qué no la quiere más?
Como buen archivólogo, me puse los anteojos de leer entre líneas y me tiré de cabeza al mundo de las frases hechas, ese que habita entre la sobremesa, la fila del bondi y el banco de plaza.
La versión clínica: galletitas y despedidas
Cuenta la leyenda —porque esto ya es parte del inconsciente colectivo— que en los hospitales porteños de antaño, cuando un paciente estaba en plena recuperación, los médicos solían recomendarle unas galletitas muy especiales: las Lola, de la clásica marca Bagley. Eran suaves, livianitas, sin aditivos, y con fama de “hacer bien”. O sea, eran la galletita ideal para el que estaba débil.
Pero claro, cuando un paciente se moría, los que estaban cerca largaban con resignación y algo de humor negro esa sentencia lapidaria: “Este no quiere más Lola”.
No sabemos si es cien por ciento cierta, pero como diría Tato Bores, «si no es verdad, está bien inventado».
La frase que se volvió himno del desgaste
Hoy decir «este no quiere más Lola» no se limita al hospital. Se dice del que no da más. El que se bajó del proyecto, del laburo, del viaje a Gesell con los amigos que siempre llega al día 2 con una pelea. Es un sinónimo elegante de «tiró la toalla» o «me cansé de remar en dulce de leche».
Podés escucharla en cualquier esquina:
- «¿Seguís con el gym?»
- «Nah, ya no quiero más Lola.»
Es el cierre perfecto para toda situación donde uno suelta, se baja, o simplemente se rinde.
Lola y el folclore urbano
Al igual que frases como “a caballo regalado no se le miran los dientes” o “más perdido que turco en la neblina”, esta también tiene ADN porteño. Tiene esa mezcla justa de tristeza y picardía, de tango y mate frío. Es melancólica pero graciosa. Como cuando Mirta Legrand dice «como te ven te tratan, y si te ven mal, te maltratan» y uno se ríe pero después se queda pensando.
Hay quienes dicen que la frase también se usaba en los velorios del conurbano, en voz baja, con respeto pero con esa argentinidad de ponerle palabras al silencio. Porque si hay algo que tenemos, es arte para narrar lo innombrable.
¿Y las Lola, existen todavía?
Acá entra el momento foodie de la investigación. Las Lola de Bagley efectivamente existieron. Eran galletitas tipo «marineras» o «de agua», pero con una textura más amigable para el paladar sensible. Algunas versiones apuntan a que dejaron de producirse hace años, aunque como todo ícono retro, alguna abuela aún guarda un paquete en la alacena, vencido pero con historia.
Y como si todo esto fuera poco, hay una joyita más para sumar al archivo: la versión que sobresale de todos los esquemas de “Patente de Piola” interpretada por Amancay Laborde, con letra de la inmortal Eladia Blázquez, una de las plumas más sensibles que dio este suelo.
En esa letra, Eladia se planta como quien ya vio todo, y te canta la justa sin anestesia:
«La gente hace rato no quiere más Lola, con los avivados llamados los piolas…»
Una crítica frontal al «piola» argento, al canchero que se cree vivo pero termina empantanado en su propia trampa.
«En la maratón del piola nadie cola quiere ser, en el ranking del canchero él primero y vos después…»
Una radiografía brutal del porteño que se jacta de vivo mientras llega siempre tarde.
Amancay lo canta y lo transforma en algo más que una canción: es un manifiesto tanguero, una confesión colectiva con perfume a adoquín mojado.
El veredicto del Archivólogo
La frase “no quiere más Lola” está más viva que nunca, aunque hable de lo contrario. Se resignificó. Se volvió mantra para el agotado, eslogan para el desencantado, y meme para el que no puede más pero igual sigue.
Porque al final, como decía Fontanarrosa, «no hay nada más argentino que rendirse con dignidad y un buen chiste».
Así que la próxima vez que te sientas en la cuerda floja, en vez de decir «basta», metele un “yo ya no quiero más Lola” y andate con clase, con historia y con un guiño a nuestros ancestros del mate y la sobremesa.
Fin del misterio. O comienzo de otro.
Nos leemos, El Archivólogo
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