Por Gus Reimon.
Hay momentos en la historia donde las potencias dejan de maquillarse. Donde el lenguaje diplomático, las excusas jurídicas y los decorados institucionales se caen, y lo que aparece es la esencia desnuda del poder: la fuerza, el saqueo y la imposición.
Eso es lo que acaba de hacer Estados Unidos en Venezuela.
La incursión para capturar —o directamente secuestrar— a Nicolás Maduro no es una operación “antinarcóticos”, ni una defensa de la democracia, ni un gesto humanitario. Es, simple y llanamente, un acto de piratería imperial del siglo XXI, ejecutado por la principal potencia militar del planeta en territorio soberano de otro país. Y es también la confirmación brutal de algo que muchos analistas vienen marcando hace años: Estados Unidos ya no es un liderazgo global, es un imperio desesperado.
El Doctor en Ciencias Políticas Ezequiel Bistoletti lo define con precisión quirúrgica: un imperialismo descarado, descontrolado y descoordinado; el manotazo de ahogado de un gigante en decadencia. Y cuesta encontrar una frase más exacta.
Chevron, los 11 buques y la gran mentira
Mientras tanto, la maquinaria mediática hace su parte. Trump vende al mundo un relato heroico: once buques petroleros como trofeo personal, una supuesta victoria energética, un “botín estratégico” arrebatado a Venezuela gracias a su audacia.
Pero nada de eso es cierto.
Esos buques no son novedad, no surgieron después del operativo, no representan ninguna ruptura geopolítica. Chevron viene operando hace meses bajo licencias especiales del Tesoro estadounidense. Lo único nuevo es la narrativa. Trump no consiguió petróleo: consiguió propaganda.
China: el enemigo real, Venezuela la excusa
El juego es otro. Durante años, China abasteció su matriz energética con petróleo venezolano mientras Washington sancionaba, bloqueaba y asfixiaba. Hoy, con Maduro fuera de escena y con las rutas hacia Asia frenadas, Chevron queda como único canal operativo. No es una victoria económica categórica, pero sí es un golpe simbólico.
Trump no está peleando contra Maduro. Está compitiendo con China por el control del futuro energético del mundo. Y como Estados Unidos ya no puede ganar por respeto, intenta ganar por ocupación.
Un imperio que rompe las reglas… porque ya no las controla
A esto se suma la decisión de Trump de retirar a su país de 66 organizaciones internacionales, destruyendo décadas de construcción multilateral. Y la confiscación de buques vinculados a Rusia, que ya respondió marcando el límite: ningún Estado tiene derecho a usar la fuerza contra embarcaciones bajo otra bandera.
Estados Unidos ya no lidera: avanza, empuja, arrasa.
No propone orden mundial: impone caos controlado.
No busca consenso: busca sometimiento.
Y cuando el imperio se descontrola, el mundo tiembla.
Debajo del humo
No hay petróleo nuevo.
No hay gesta heroica.
No hay gloria diplomática.
Hay continuidad operativa convertida en epopeya mediática.
Hay una potencia en declive arrastrando al planeta a su crisis.
Hay un continente —otra vez— como territorio de disputa ajena.
La pregunta es cuánto más puede tensarse la cuerda antes de romperse. Porque si algo demuestra esta ofensiva es que el imperialismo estadounidense ya no necesita justificar nada. Actúa porque puede. Y cuando una potencia empieza a actuar solo porque puede, deja de ser un actor racional y se convierte en lo más peligroso que puede existir en política internacional: una fuerza sin freno que todavía tiene armas, dinero y la necesidad desesperada de demostrar que sigue mandando.
Y Venezuela, como tantas veces en la historia latinoamericana, vuelve a ser víctima de ese viejo patrón que nunca desapareció: el saqueo disfrazado de liberación.
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