Hubo un tiempo en la Argentina —no tan lejano, pero ya borroso— en el que la fama se construía a pulmón, a golpe de cámara, café de utilería y noches largas. Un tiempo en el que ser galán no era solo tener cara linda, sino bancarse el juego completo.
En ese mapa aparece Adrián “El Facha” Martel, uno de esos personajes que parecen inventados por Discépolo, pero que existieron de verdad.
Porque si algo tuvo Martel fue eso: cara de cine, cuerpo de potrero y destino de tango.
Nació como Pedro Julio César Martínez, el 26 de abril de 1948, en Buenos Aires. Porteño desde la cuna. Fanático del fútbol, soñó primero con ser jugador. Llegó a probar suerte en Mar del Plata, pero bueno ya lo sabemos bien, “en la Argentina el talento sobra, lo que falta es continuidad”.
El fútbol no fue, pero el apodo sí: “El Facha”, ganado entre actores jóvenes que jugaban partidos solidarios y se pasaban más tiempo mirando a la tribuna que a la pelota. Carlos Calvo, Darín, Taibo, Solá… todos ahí. Y Martel destacaba.
No por los goles, sino por la estampa. Por eso quedó el nombre. Y el nombre, en este país, a veces es destino.
Arrancó en televisión en los 70, en los programas de Osvaldo Pacheco. En 1979 debutó en cine con Los drogadictos de Enrique Carreras.
Después vendrían Comandos Azules y su secuela, con Emilio Vieyra, un director con el que Martel trabajaría seis veces, y con quien exploró ese costado policial, duro, que no muchos recuerdan.
En televisión pasó por Romina, Un día 32 en San Telmo, Departamento de Comedia —donde su personaje se llamaba, claro, “El Facha”— y siguió creciendo.
Pero el punto de quiebre, el momento bisagra, llega en 1983.
En la serie Pelear por la vida, protagonizada por Carlos Monzón, Martel participa y ahí se conocen, se entienden y se hacen amigos.
Dos tipos intensos. Dos tipos de extremos. Dos tipos que vivían sin freno de mano.
Monzón venía del ring. Martel, del set. Pero compartían eso que Coco Sily definiría años después como “tipos que cuando entran a un lugar, el lugar cambia”.
Esa amistad, profunda y real, sería también una de las sombras más pesadas que cargaría Martel después.
En los 80, Martel explota popularmente con No toca botón, el programa de Alberto Olmedo.
Ahí se vuelve conocido por todos. Cine comercial, comedia, taquilla: Los bañeros más locos del mundo, Los pilotos más locos…, Manosanta está cargado y, en 1987, Atracción Peculiar, la última película de Olmedo y Porcel juntos.
Estaba en la cresta de la ola.
Y como decía Tato Bores: “Cuando en este país te va bien, agarrate, porque algo viene”.
El verano del 88 fue una piña al mentón de la historia argentina del espectáculo.
En la casa de Martel, Monzón mata a su pareja.
Semanas después, Olmedo muere al caer de un balcón.
Dos tragedias. Dos íconos. Y Martel, en el medio.
Salpicado. Señalado. Sospechado. Acusado.
Nancy Herrera, viuda de Olmedo, lo acusa de haber facilitado drogas.
Guillermo Patricio Kelly lo señala públicamente.
Martel se defiende, pero termina reconociendo su adicción.
Desde ese momento, la fama cambia de vereda. Ya no es actor: es “personaje”.
En los 90 casi no trabaja.
Vende propiedades. Pierde ahorros. Llega a dormir en el auto.
Hace de todo para sobrevivir: publicidad de implantes capilares, relaciones públicas, circo como mago.
Cuenta, sin vergüenza y sin épica, que antes de ser famoso fue taxiboy, y que ganaba tanto que se iba a Europa.
Porque Martel no edulcoraba su historia. La contaba como venía.
Como diría Fontanarrosa: “Hay gente que no se maquilla la derrota”.
En los 2000 vuelve de a poco: Sodero de mi vida, Son amores, cine con Cargo de conciencia.
Teatro, cuatro minutos en escena.
En 2009, una pelea a las piñas con su productor.
En 2012, dos infartos. Cuerpo cansado. Alma también.
Depresión. Falta de trabajo. Infección intrahospitalaria.
Pierde 40 kilos.
El 21 de febrero de 2013, Adrián “El Facha” Martel muere en Buenos Aires, a los 65 años.
Sus restos descansan en La Chacarita, ese lugar donde la farándula argentina termina siendo pueblo.
Ni la muerte le trajo paz.
En 2019, nuevas acusaciones. Su hijo lo defiende, pero cuenta episodios duros.
La figura queda manchada. La obra, opacada.
Y sin embargo…
Martel hizo 16 películas, 14 programas de TV y teatro.
Fue galán, villano, policía, cómico, secundario inolvidable.
Vivió rápido, mal y a fondo.
Como decía Tato Bores:
“En este país no siempre se castiga al culpable; muchas veces se castiga al que quedó cerca”.
Y si lo decimos, más de barrio:
“El Facha fue un tipo que jugó en primera, pero el descenso lo agarró sin banco”.
Adrián Martel no fue un santo.
Tampoco fue solo un escándalo.
Fue un actor argentino.
Con todo lo que eso implica.
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