
“El bar de las galletitas eternas: Maradona vs. el Coco Basile”**
Licencia poética mediante, pongamos la escena como corresponde.
Un bar porteño de esos que huelen a café recalentado, formica gastada y charla larga. No importa el barrio: podría ser La Paternal, Constitución o Caballito. En una mesa al fondo, lejos del ruido, Diego Armando Maradona y Alfio Coco Basile discuten lo único verdaderamente importante: galletitas.
Diego tiene adelante un café con leche humeante, bigotes de espuma incluidos.
El Coco, fiel a su religión, un whisky azulísimo —blue label, por supuesto— servido como se sirve la verdad: sin hielo y sin explicaciones.
Diego agarra una Chocolina, la mira como si fuera la pelota en el Azteca y arranca:
—Escuchame una cosa… —dice, apoyando el codo—. La Chocolina es la más grande que hay. La más completa. ¿Vos sabés lo que es esto para un pibe? Esto es potrero. Esto es sacrificio. Esto se banca sola, ¿eh? No necesita que la ayuden.
Le pega un mordisco seco, sin mojarla.
—Porque la Chocolina no se moja siempre, ¿me entendés? A veces va sola, como el gol a los ingleses. Si la mojás, es para hacer la chocotorta, que es el mejor invento argentino después del zurdazo mío. Esto no es una galletita, es un sistema de juego.
Hace una pausa, toma café, y remata:
—A la Chocolina la criticaron, le dijeron de todo… que es dura, que es amarga… pero aparece en el momento justo y te salva. Como yo.
Dolina, desde alguna mesa imaginaria, anotaría: “Maradona no defiende una galletita: defiende una épica”.
El Coco escucha en silencio, da un sorbo largo al whisky, deja el vaso y responde con media sonrisa ladeada:
—Diego, querido… todo bien con la épica, pero acá hablamos de placer.
Saca del bolsillo interno del saco una Merengada (porque el Coco es capaz de eso).
—Esto es elegancia, nene. Esto es una galletita que no corre, espera. Como el whisky bueno. Vos la mordés y aparece esa pasta del medio… medio chicle, medio pecado… y ahí se terminó la discusión.
Prende un cigarrillo imaginario (porque en este bar se puede) y sigue:
—La Merengada no es para cualquiera. Al pibe lo dejás con la Chocolina. Esto es para el que ya vivió, el que perdió, el que ganó, el que sabe que la vida es corta y amarga… pero con un relleno dulce en el medio.
Otro trago.
—Además, Diego… la Merengada no necesita marketing. El que la entiende, la entiende.
Fontanarrosa levantaría el vaso y diría: “Basile habla de galletitas como si fueran mujeres imposibles”.
El empate eterno
Diego se ríe, golpea la mesa.
—Coco, vos sos un fenómeno, pero la Chocolina se juega todo el partido. La Merengada entra bien en el segundo tiempo.
El Coco asiente, filosófico.
—Puede ser… pero cuando entra, te cambia el clima del vestuario.
Silencio.
El mozo pasa, mira la escena, no pregunta nada. Ya entendió todo.
Dos galletitas.
Dos estilos.
Dos formas de vivir.
Porque en el fondo, una reflexión de El Archivólogo, la Argentina también se explica así:
entre el que moja la Chocolina y el que muerde la Merengada con whisky en la mano.
Y no hay VAR que resuelva eso.
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