Si uno mete la mano en los viejos cajones del fútbol argentino —esos que juntan polvo, programas amarillentos de Fútbol de Primera y una Bianchi de lata— se encuentra siempre con la misma máxima: “En la Argentina todo puede pasar, menos que el árbitro sea inocente.”
Frase del inconsciente colectivo si las hay, repetida en bares, quinchos y sobremesas donde el VAR siempre llega tarde y el café viene con gusto a sospecha.
Pero esta vez no es un murmullo de tribuna. Esta vez, el que patea el hormiguero es el SADRA, y patea fuerte. Hace siete años vienen diciendo lo mismo, casi como un cura renegado que sabe que predica en el desierto: que hubo designaciones sospechosas, que hubo aprietes, que hubo presiones, y que más de un partido olía a guiso recalentado.
No es nuevo. Argentina y los arbitrajes tienen una relación tóxica, conocida y pública, como una telenovela de Andrea del Boca en pleno clímax. Pero algo cambió: esta vez quedó todo por escrito.
El comunicado —que es casi una cronología del desmadre— dice que cuando el SADRA empezó a denunciar manipulaciones y manejos turbios, la respuesta institucional fue un “mirá, no tengo lapicera” de manual.
AFA prefería mirar para otro lado, como cuando el defensor se hace el lesionado para quemar tiempo.
Y ahí arrancó la novela: exclusiones, estructuras paralelas creadas a medida, listas negras, designaciones “creativas” y árbitros del interior usados como peones. “O renunciás o no dirigís más”, fue el apretón del siglo, dicho con la frialdad de un ascensorista del viejo edificio de Viamonte.
Frases del inconsciente colectivo aplican solas:
“El que no llora no mama” y “el que no transa, no avanza”.
Pero algunos no transaron. Y ahí empezó el quilombo.
Acá aparece la parte más triste, digna de documental con piano de fondo:
Hubo jueces que perdieron su carrera, líneas que iban para internacional y terminaron en partidos de la C un martes a la tarde con olor a choripán frío. Otros, nominados a proyección, quedaron marginados como suplentes crónicos de banco de suplentes de la B Metro.
Los que siguieron arbitrando, lo hicieron casi clandestinamente, muy abajo de su categoría, como actores prestigiosos condenados a hacer stand up en un bar de Once.
Y todo esto mientras el sistema avanzaba cada vez más abajo, hasta llegar a las ligas del interior, donde —como dice el comunicado— “hoy vemos cómo se designan campeones hasta en la escala más baja del fútbol”.
“El que rompe, paga”, decía Grondona.
Pero acá pagaron todos… menos los que rompieron.
Siete años de quilombo judicial fueron amparos, presentaciones, denuncias, y un peregrinaje tribunalicio que ni Fariña conoció.
Pero de a poco, algo empezó a moverse: fallos a favor, luz al final del túnel, periodistas que se acercan, jugadores que empiezan a hablar, y la gente —sí, la gente, esa que en la cancha te grita hasta por respirar— diciendo “¡basta!”.
Porque si hay algo que al argentino lo saca de quicio es que le toquen el fútbol.
Con la economía podemos vivir en modo “lo atamos con alambre”, pero al arbitraje queremos verlo limpio, aunque sea una vez por década.
El orgullo que no tapa la mugre. Sí, somos campeones de América y campeones del mundo. Sí, Messi nos dio la felicidad más grande desde el 86.
Pero como dice el comunicado, los jugadores son héroes por ellos mismos, no por la dirigencia que los rodea.
Mientras la Selección levanta copas, el arbitraje nacional pelea por no hundirse en un mar de internas, presiones y manejos que parecen sacados de un capítulo perdido de Okupas.
Hoy SADRA vuelve a plantarse.
Dice “basta”.
Dice “no estamos solos”.
Y convoca a todos —hinchas, dirigentes, periodistas, jugadores— a reconstruir el arbitraje como ese engranaje silencioso que nadie aplaude, pero sin el cual el fútbol no existe.
Porque si hay algo que el argentino sabe es que:
“Sin reglas claras, no hay partido.”
Y hoy, más que nunca, hace falta que vuelva a sonar ese silbato honesto, ese silbato limpio, ese que no pita por conveniencia sino por convicción.
Hay momentos en los que la historia te pega un sopapo y te dice “flaco, despertate”.
Este es uno.
Un arbitraje transparente no debería ser una utopía.
Debería ser, simplemente… fútbol.
AGENCIA DE GUARDIA SITIO OFICIAL!


