Por Gus Reimon.
La figura de María Corina Machado, presentada por los grandes medios occidentales como
emblema de la “resistencia democrática” venezolana, quedó esta semana en el centro de
una de las denuncias más explosivas de los últimos años. Julian Assange, fundador de
WikiLeaks, presentó en Suecia una denuncia penal contra la Fundación Nobel por haber
convertido —según sus términos— el Premio Nobel de la Paz en un “instrumento de
guerra”, al otorgárselo en 2025 a la dirigente opositora venezolana.
La acusación no es menor ni retórica. Assange solicita el congelamiento inmediato de los 11
millones de coronas suecas del premio, la incautación de documentación interna de la
Fundación y la investigación penal de sus máximas autoridades por apropiación indebida y
facilitación de crímenes de guerra. Pero el núcleo político del expediente apunta
directamente a Machado y a su trayectoria: la denuncia sostiene que su conducta pública la
hace “categóricamente inelegible” para un premio destinado a promover la paz.
Una dirigente alineada con la lógica de la guerra
El eje central de la denuncia es la contradicción flagrante entre el testamento de Alfred
Nobel y el perfil político de Machado. Según Assange, la dirigente venezolana no solo ha
respaldado históricamente la intervención extranjera en su país, sino que ha incitado de
manera explícita a una escalada militar encabezada por Estados Unidos, en el marco del
mayor despliegue militar norteamericano en el Caribe desde la Crisis de los Misiles de 1962.
Las declaraciones citadas en la denuncia son contundentes: desde afirmar que “la escalada
militar puede ser la única vía” hasta justificar ataques armados contra buques civiles, que
—según datos mencionados en el expediente— ya habrían provocado decenas de muertes.
A esto se suma su histórico testimonio ante el Congreso estadounidense en 2014, donde
sostuvo que “el único camino que queda es el uso de la fuerza”.
Lejos de tratarse de exabruptos aislados, el documento presentado por Assange describe
una línea política coherente: Machado como promotora activa de una intervención militar
extranjera, avalando incluso la apropiación futura de recursos estratégicos venezolanos
—estimados en 1,7 billones de dólares— tras un eventual derrocamiento del gobierno de
Nicolás Maduro.
El Nobel como plataforma de legitimación
Uno de los aspectos más graves señalados en la denuncia es el uso del Premio Nobel de la
Paz como herramienta de legitimación política. Según Assange, la ceremonia y el anuncio
del galardón no fueron neutrales ni inocuos: ocurrieron en pleno proceso de escalada militar,
y habrían contribuido a fortalecer la posición de quienes impulsan una salida armada al
conflicto venezolano. Machado incluso dedicó el premio al presidente estadounidense Donald Trump,
agradeciendo que Venezuela haya sido colocada como “prioridad de seguridad nacional”
para Estados Unidos. Para el fundador de WikiLeaks, ese gesto sintetiza el vaciamiento
completo del sentido original del Nobel de la Paz.
Críticas que no vienen solo de Assange
La impugnación a la elección de Machado no proviene únicamente de una figura
controvertida como Assange. El expediente recoge objeciones de peso: 21 organizaciones
de paz noruegas rechazaron públicamente el premio; el Nobel de la Paz Adolfo Pérez
Esquivel calificó la decisión como “una burla al testamento de Alfred Nobel”; y el Instituto de
Investigación para la Paz de Oslo (PRIO) confirmó que la dirigente venezolana ha solicitado
abiertamente una intervención militar en su país.
Estos pronunciamientos desnudan una fisura profunda entre el relato hegemónico que
presenta a Machado como defensora de los derechos humanos y la evaluación que hacen
organismos especializados en paz y resolución de conflictos.
Más que una denuncia judicial, una alerta política
Más allá de su desenlace judicial, la denuncia presentada en Suecia abre un debate
incómodo pero necesario: ¿puede una dirigente que promueve la guerra, justifica ataques
armados y celebra despliegues militares recibir el máximo galardón mundial a la paz?
El caso Machado expone una deriva peligrosa: la resignificación del discurso de los
derechos humanos como coartada para la intervención, y la transformación de premios
simbólicos en piezas de una estrategia geopolítica. Si el Nobel de la Paz termina premiando
a quienes piden invasiones, el problema ya no es solo la persona galardonada, sino el
sistema que legitima esa elección.
Como advierte Assange en su presentación, lo que está en juego no es un premio, sino el
sentido mismo de la palabra “paz”.
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