Por Gonzalo Guardia – El Archivólogo
El Dakar no es una carrera. El Dakar es una prueba existencial. Es el lugar donde el cuerpo te pide basta, la cabeza te miente y el desierto te habla bajito, como diciendo “si te equivocás, no te perdono”. Por eso lo que hizo Luciano Benavides en Yanbu no fue una victoria: fue una avivada cósmica, una de esas que después terminan en frase hecha, en mito popular, en anécdota repetida hasta el hartazgo.
Porque nadie —pero nadie— gana un Dakar por dos segundos. Eso es cosa de argentinos. Eso es ganar “a lo guapo”, como diría el Coco Basile, “con la camiseta transpirada y el alma raspada”. Dos segundos que pesan como dos siglos. Dos segundos que entran directo al archivo invisible de las grandes hazañas.
Luciano arrancó la última etapa tres minutos y pico abajo. En el barrio te dirían “estás complicado, nene”. En el Dakar te dicen “andá y probá”. Y él fue. Sin estridencias, sin hacer show, como el que sabe que la historia no se grita antes, se cobra al final.
Ricky Brabec venía derechito, con el título en el bolsillo, como quien ya piensa dónde va a colgar la medalla. Pero el Dakar es traicionero, más traicionero que promesa de dirigente en año electoral. Un error de navegación a siete kilómetros del final y… chau. Ahí el desierto hizo de árbitro y dijo: “hasta acá llegaste”.
Luciano, mientras tanto, hizo lo que hacen los tipos que están tocados por algo más grande: no se desordenó. Segundo en la etapa. Suficiente. Exacto. Matemático y pasional al mismo tiempo. Dos segundos. La diferencia más chica en la historia del Dakar en motos. Ni un penal mal pateado define tanto.
Y entonces pasó lo inevitable: el apellido Benavides volvió a quedar grabado en piedra. Como si el Dakar ya supiera pronunciarlo. Kevin lo había hecho. Luciano lo confirmó. Familia de fierro, cabeza fría y corazón caliente. “Los Benavides saben esperar”, podría decirse, como quien habla de una dinastía.
El festejo fue abrazo, llanto, moto rugiendo y equipo gritando. Del otro lado, silencio. Porque en el automovilismo y el motociclismo, como decía Fangio, “las carreras se ganan con inteligencia”. Y Luciano fue inteligente cuando más difícil era serlo.
Tres etapas ganadas, constancia, una KTM que respondió y una fe que no se negoció. El Dakar 2026 ya tiene su página escrita y huele a polvo, a nafta y a orgullo argentino. De ese que no hace falta explicar: se siente.
La sentencia del Archivólogo
Hay momentos en los que el deporte deja de ser deporte y se convierte en relato nacional. Dos segundos pueden parecer nada, pero en la vida —y en el Dakar— son todo. Luciano Benavides no ganó solo una carrera: ganó un lugar en esa mesa imaginaria donde se sientan los que no aflojaron nunca. Y como decía el Negro Fontanarrosa, “lo importante no es llegar primero, sino llegar cuando nadie creía que ibas a llegar”.
Esta vez, el Dakar terminó hablando argentino. Y quedó en el archivo. Para siempre. 🏁🔥
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