Hubo un tiempo —parece mentira, pero existió— en que los martes a las 10 de la noche no había streaming, no existía el control remoto inteligente y la gente se sentaba religiosamente frente al televisor para ver “Detective de Señoras”, una serie que mezclaba policial, humor, erotismo y ese toque porteño tan irresistible como el olor a café con medialunas.
Sí, antes de que existieran los “procedimentales” de Netflix o los agentes con trauma existencial de HBO, nosotros ya teníamos a Fernando Lúpiz y César Pierry metidos en quilombos, resolviendo casos y metiendo chistes entre persecuciones. Un policial argento, sensual, pícaro y con ese espíritu de los 90 donde todo parecía posible y la televisión todavía tenía glamour, presupuesto y quilates.
El ciclo nació de una idea de Hugo Moser, ese genio que sabía cómo hacer televisión para la gente, no para el algoritmo. Moser escribió los primeros episodios, y después los guionistas Miguel Ángel Diani y Daniel Di Conza agarraron la posta, le metieron más suspenso, un poco de intriga, y, claro, humor. Porque si algo entendía la TV de los 90 era que el público argentino quería reírse, aunque el caso fuera un crimen.
Promediaban 20 puntos de rating —una locura incluso para esa época— y los martes a las 22.00 el país se paralizaba: era la hora de los detectives más galanes de la pantalla. “Detective de Señoras” tenía un magnetismo único. Y como diría Menem, “estábamos mal, pero íbamos bien”.
Los protagonistas, Fernando Lúpiz (Miguel) y César Pierry (Lucas), eran una dupla explosiva.
Lúpiz, el seductor, con esa sonrisa de galán de novela y una campanita en la puerta de su habitación que hacía sonar cada vez que había “visita” —y gritaba “¡Recreo!” con la alegría de un pibe en el colegio—.
Pierry, en cambio, era el contrapunto: estructurado, medio tímido, con cara de tipo que si no resolvía el caso, al menos te arreglaba el televisor. Y su frase se hizo parte del inconsciente colectivo: “No tienen paz”, decía cuando aparecía una nueva mujer envuelta en líos.
Era una mezcla entre Columbo y Minguito: serio, pero con ternura.
A veces se sumaba Ricardo Morán como el Inspector Beluccio, completando un trío que hoy sería trending topic cada semana.
La serie se filmaba en exteriores —algo que en esa época era un lujo—, tenía una música de Raúl Parentella que todavía te queda dando vueltas en la cabeza y una dirección entre Gerardo Mariani y Alejandro Moser que le daba ese aire de cine.
No era solo televisión: era un pedacito de la Buenos Aires nocturna de los 90.
Una mezcla de tango, luces de neón y actrices con glamour: pasaron tantas que sería imposible nombrarlas a todas. Era la época de las “vacas gordas” de la tele, cuando un programa podía tener elenco, guion, dirección, escenografía, y hasta presupuesto para prender una sirena sin que se corte la luz del canal.
Y si no lo viste, imaginate algo así: Miami Vice, pero con tonada porteña, Fernet en vez de whisky, y detectives que se levantaban más amores que pruebas.
Todo venía viento en popa hasta que, en 1992, Telefe tentó a los protagonistas para hacer un nuevo proyecto: Mi socio imposible. Pero el destino metió la cola.
Durante una grabación, César Pierry sufrió un accidente tremendo: una granada de humo explotó en su mano. Después de varias operaciones, falleció el 29 de julio de ese año. Tenía apenas 40 años.
El país entero lo lloró. Era querido, de esos actores que transmitían humanidad. “Se fue uno de los buenos”, decían sus colegas. Y sí, los buenos de verdad siempre se van temprano.
El proyecto nunca salió al aire. Y con él, se apagó una chispa única de la televisión argentina.
La serie fue un éxito no solo acá: se dobló para Italia y se emitió en varios países de Latinoamérica. Los galanes argentinos, con sus trajes, sus miradas pícaras y esa picardía que no se aprende en Hollywood, conquistaron al público latino.
Era una época donde el rating se medía en sonrisas, y donde el “producto nacional” todavía tenía ese sabor artesanal, ese pulso que se hacía con alma, no con planillas de Excel.
“Detective de Señoras” fue eso: un espejo de la Argentina noventosa, divertida, exagerada, ingenua y soñadora. Una TV que creía que podía competir con el mundo y lo hacía con estilo.
Como diría Charly García, “la tele ya no es lo que era”.
Pero los que vimos a Lúpiz y Pierry haciendo humor con un caso policial, los que escuchamos esa frase “¡Recreo!” y nos reímos sin culpa, sabemos que ahí quedó guardado un pedacito de oro de nuestra cultura pop.
Porque la tele no solo fue entretenimiento: fue parte de nuestra memoria emocional. Y “Detective de Señoras” sigue siendo, 30 años después, una de esas joyas que te devuelven al living familiar, con olor a tostado, gaseosa en vaso largo, y el país entero esperando el próximo caso.
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