El 2026 será un año bisagra para la economía argentina. El tercer año de gobierno suele ser complejo para los mandatos presidenciales, en particular por los ajustes que suele requerir la macroeconomía en años no electorales.

Por estos motivos, el tercer año de gestión suele presentar varios desafíos para los gobiernos. Sin embargo, para este tercer año de mandato, los analistas proyectan un año relativamente tranquilo (el REM estima un crecimiento del 3,4%). Esto constituye una buena noticia, dado que podríamos registrar dos años consecutivos de crecimiento positivo luego de mucho tiempo. Dicho esto, la gran pregunta que se abre es si el país podrá retomar la tan deseada senda de crecimiento sostenido. El gobierno de Milei ha realizado un enorme esfuerzo para lidiar con una herencia particularmente pesada, marcada por profundos desajustes macroeconómicos en prácticamente todos los frentes. Sin embargo, aún resta un tramo por recorrer para consolidar un sendero de estabilidad. A mi juicio, los principales desafíos se concentran en el régimen cambiario y en el acceso al mercado internacional de deuda, desafíos estrechamente vinculados.
El riesgo país ha caído de manera contundente bajo el gobierno de Milei. No obstante, aún no ha alcanzado los niveles necesarios para volver a emitir deuda en los mercados internacionales. El país continúa enfrentando una dinámica anómala e insostenible, amortizando los vencimientos mediante el uso de reservas. Por este motivo, 2026 resulta un año de vital importancia, ya que en 2027 será muy complejo acceder a los mercados con las elecciones presidenciales a la vista, salvo que emerja una fuerza política no kirchnerista como principal alternativa en el frente opositor, algo que, por el momento, luce poco probable. En este contexto, creo que el equipo económico contará con una ventana de oportunidad para acumular reservas a partir de la liquidación de la cosecha gruesa y, al mismo tiempo, volver a acceder al mercado internacional con el objetivo de aliviar el perfil de vencimientos de corto plazo.
Desde el corriente mes se modificó el mecanismo de ajuste de la banda cambiaria. El cambio es positivo, pero creo que faltó algo más. El nuevo esquema permite corregir una falencia en el diseño de la banda original; de hecho, si la banda del acuerdo con el FMI desde abril hubiera seguido este nuevo crawling, hoy estaría cerca de un 10% por encima del nivel actual. Sin embargo, los cambios anunciados no corrigen el nivel de la banda superior. A mi juicio, a la luz de los números del sector externo, el techo de la banda luce más como un nivel razonable que como un verdadero límite superior a defender sin reservas propias. La buena noticia es que este esquema no es rígido, como una caja de conversión, y que las bandas podrían volver a modificarse en el futuro si fuera necesario.
Difícilmente el Banco Central pueda acumular reservas de manera significativa antes de la cosecha gruesa de abril. Con la cosecha, la acumulación de reservas dependerá también de múltiples factores, como el volumen de la cosecha, el contexto internacional y el ritmo de compras de dólares minoristas. En un escenario favorable, en el que el BCRA pueda adquirir entre USD 5.000 y USD 8.000 millones, es probable que observemos una baja del riesgo país y que se abra la oportunidad de emitir deuda en el mercado internacional. Si, en cambio, el ritmo de dolarización de carteras o los rindes de la cosecha no permiten una acumulación suficiente de reservas, considero que la única forma de que el riesgo país baje lo suficiente como para emitir deuda sería que el Banco Central desplace la banda superior. Un tipo de cambio real más alto contribuiría a reducir el riesgo de crédito. En ambos casos, ya sea mediante la acumulación de reservas o el corrimiento de la banda superior, también se facilitaría la normalización de las tasas de interés reales en pesos. Para normalizar la economía, es una condición necesaria que el crédito privado aumente en relación con el PBI. La actividad económica de los últimos meses se caracteriza por una extrema heterogeneidad entre sectores: algunos muestran un muy buen desempeño, mientras que otros sufren esta coyuntura. La normalización del crédito es un punto clave para atenuar esta heterogeneidad.
La gran consolidación fiscal, salir casi por completo del cepo, normalizar el comercio exterior y discutir reformas en el Congreso son todos grandes avances a la estabilidad económica. Sin embargo, dada la odiosa herencia recibida, no son condiciones suficientes. Para ello, resta normalizar el crédito internacional y dejar flotar algo más el tipo de cambio. El repo anunciado ayer por USD 3.000 millones ayuda, pero no resuelve para nada el problema de deuda. Simplemente brinda liquidez, pero son todos prestamos de corto plazo. El riesgo país, el que negocian los bonos, no va a caer significativamente con nuevos compromisos que vencen antes de los mismos bonos.
Por último, una breve línea de la inflación. Tanto la compra de reservas como un tipo de cambio real más pueden demorar un poco el proceso de desinflación. La evidencia latinoamericana es clara: reducir la inflación desde niveles de tres dígitos hasta los actuales se logra mucho más rápido que bajar inflaciones del 30%–50% a un dígito. Los últimos datos de inflación están poniendo esto en evidencia. Sin embargo, el equipo económico debe ser paciente: con conducta fiscal y, de a poco, otorgándole mayor flexibilidad al esquema cambiario, la inflación continuará con su tendencia decreciente. Apresurarse en bajar la inflación utilizando el ancla cambiaria no es una buena receta en nuestra región.
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