CUANDO AMAR ERA REVOLUCIONARIO: MARILINA ROSS Y SU VERANO ETERNO
Escuchar esta noticia
Powered by Evolucion Streaming
x1
Un 16 de febrero de 1943, en este bendito país donde “todo pasa” pero nada se olvida, nacía Marilina Ross. Y ojo, no estamos hablando de una más del montón. Estamos hablando de una mujer que se bancó la vida como venía, con la frente alta y la voz temblando de verdad. Porque si algo tuvo Marilina fue eso: verdad. Cruda. Sin maquillaje. Como café de bar de estación.
Actriz, cantante, compositora, exiliada, valiente. Una artista que entendió antes que muchos que el escenario no era sólo para aplausos sino también para decir lo que otros callaban. En los años bravos, cuando el aire cortaba como navaja y más de uno miraba para otro lado, ella eligió no bajar la cabeza. Y como decía el General, “la única verdad es la realidad”, y la realidad en los 70 no era precisamente un picnic en Palermo.
Se formó con los grandes, respiró teatro independiente, mamó calle y cultura. Y cuando llegó la televisión, no fue una cara bonita más. Fue carácter. Fue presencia. En una pantalla donde muchas veces las mujeres eran adorno, Marilina era contenido. No era “la chica de”. Era ella. Con nombre y apellido.
Y después vino la música. Esa música que todavía hoy suena en la memoria colectiva. “Puerto Pollensa” no es una canción, es una postal emocional de la Argentina sensible. Es esa mezcla de amor, nostalgia y deseo que te pega cuando escuchás los primeros acordes y decís “esto ya lo viví”. Porque como decía Discépolo, “el mundo fue y será una porquería”, pero en medio de la porquería siempre aparece una canción que te salva la noche.
Marilina cantaba bajito, pero pegaba fuerte. No necesitaba gritar. Tenía esa cosa íntima, confesional. Como si te estuviera hablando a vos, en la cocina, mientras se enfría el mate. Y en tiempos donde todo era impostado, ella era autenticidad. Decía lo que sentía. Amó a quien quiso amar. Y lo dijo. Sin pedir permiso. En una sociedad que todavía estaba aprendiendo a no escandalizarse por lo que no entendía.
Y ahí está el punto. Porque Marilina también fue pionera en plantarse frente a prejuicios que hoy algunos quieren maquillar de modernidad. Ella no hizo marketing de su vida privada. Simplemente vivió. Y punto. “Yo no milito con pancartas, milito con mi vida”, supo decir alguna vez. Y esa frase vale más que mil discursos.
Se fue al exilio en plena dictadura. Madrid la abrazó cuando acá el miedo era moneda corriente. Y volvió. Porque el artista argentino tiene eso: puede irse, pero siempre regresa al kilómetro cero emocional que es Buenos Aires. Volvió más madura, más honda, más ella. Y siguió cantando. Y actuando. Y diciendo.
Hoy cumple años una mujer que nunca fue tibia. Y en un país donde la tibieza suele ser deporte olímpico, eso ya es un mérito. Marilina no especuló. No jugó a dos puntas. No se acomodó al poder de turno. Fue coherente. Y la coherencia, en esta tierra de volantazos históricos, es casi revolucionaria.
La escuchás y te das cuenta de que hay artistas que envejecen y otros que se vuelven clásicos. Marilina es clásica. Como el tango en la radio un domingo a la tarde. Como la frase de la abuela que te queda resonando años después. Como esa certeza medio doliente de que “nadie se salva solo”, pero algunos, como ella, ayudan a que los demás se sientan un poco menos solos.
Hoy 16 de febrero no es un cumpleaños más. Es el aniversario de una voz que atravesó dictaduras, modas, prejuicios y algoritmos. De una actriz que hizo de cada personaje una verdad. De una cantante que convirtió la fragilidad en fortaleza.
Y mientras algunos siguen preguntándose “¿qué es ser argentino?”, basta poner un disco de Marilina Ross y escuchar. Ahí está. En esa mezcla de melancolía, coraje y ternura. En esa forma de decir sin estridencias pero con el corazón en la mano.
Porque si algo nos enseñó es que se puede ser fuerte sin dejar de ser sensible. Y en este país que vive a los gritos, eso es casi un acto de rebeldía.
Feliz cumpleaños, Marilina. Que la vida te siga encontrando con la guitarra afinada y la conciencia tranquila. Lo demás, como diría cualquiera en el bar de la esquina, es puro ruido.