(una crónica con olor a domingo de barrio, colectiva y con un gustito a nostalgia)
Si cerrás los ojos y te volvés pibe otra vez en un balcón de Constitución o Flores, hay escenas que vuelven sin avisar: la bici con rueditas, la propaganda de la tele que rompe el cristal de la rutina, y la Cindor helada en la mano —esa copita de vidrio que tenía más glamour que la mitad de los desfiles de moda de la época. Así nomás. La chocolatada que pasó de ser un trago de almacén a ritual de infancia tiene su historia, y como buen archivo, me la traje acá al diario del que mira para atrás con ganas de entender por qué ciertas cosas se quedan pegadas en la memoria colectiva.
La leyenda —porque en esto de las marcas todo viene con un poco de mitología de barrio— dice que Cindor nació en Rosario en la década del 60. Un grupo de socios habría traído una fórmula de leche desde Holanda; arrancaron envasando leche en botellas de vidrio y, más tarde, le sumaron cacao para crear la chocolatada que conocimos. Esa primera etapa artesanal y local le dio a la bebida un carácter de “clásico de pueblo” que después migraría con orgullo hacia el resto del país.
Lo que empezó como proyecto regional tomó escala cuando la producción se trasladó a Carcarañá, en la provincia de Santa Fe. Ahí la cosa dejó de ser hobby y se volvió industria: datos de época y la memoria oral cuentan producciones enormes —con pics productivos que hablan de miles de botellas por hora— y una logística que la convirtió en candidata para pelear el territorio con otras chocolatadas internacionales. Esa planta fue el corazón que bombeó Cindor a buena parte del país.
En Buenos Aires, especialmente en los años 70, la chocolatada helada era un clásico de supermercado y kiosco: la sacabas de la heladera, la copa de vidrio chispeaba y ahí nomás se armaba la fiesta menor de cualquier patio trasero. Los cumpleaños infantiles de entonces —los de torta con figuritas, pan con manteca, bombitas y juegos en la vereda— no estaban completos sin una ronda de Cindor. Era costumbre que el pibe tenga su vaso con derecho a repetir; la madre se encargaba de que la botella circulara como si fuera la Copa del Mundo. Esa imagen de Barrios porteños con chicos en remera y ojotas alrededor de la mesa tiene a Cindor como coprotagonista. (Memoria colectiva y avisos de la época lo confirman).
La marca supo usar humor y recursos publicitarios que quedaron en el inconsciente: spots, avisos y la famosa copita hicieron escuela. Campañas más tarde, ya con recursos de agencias grandes, la llevaron a insertar slogans y personajes que marcaron infancia y adolescencia. Esas piezas allanaron el camino para que la marca no fuera solo un sabor, sino un signo: “la Cindor que se pelea por la última” es parte del folclore doméstico.
Como suele pasar con los clásicos, la historia empresarial no es tan romántica: en los noventa y principios del 2000, la marca pasó por manos de grandes jugadores del rubro lácteo. Notas del momento indican compras y operaciones que terminaron con la inclusión de Cindor en la órbita de grandes grupos (se mencionan La Serenísima/Mastellone y luego Danone en acuerdos alrededor del año 1999–2000), movimientos que reconfiguraron la estrategia de marketing y el público objetivo. O sea: de potrero a industria, con todo lo bueno y lo triste que eso implica.
Porque no fue solo una chocolatada: fue excusa de reunión, premio después del colegio, botellita que compartías con el hermano en épocas de bolsillo flaco. Tenía el condimento de lo cotidiano elevado a rito. Además, su envase (esa copita o botellita) y su sabor cargado, que no se parecía del todo a los polvos modernos, la hicieron inolvidable. También pegó fuerte por estar presente en los cumpleaños, en las meriendas de la esquina y en los refrigerios de la escuela: Cindor era parte del ecosistema social de crianza.
En la ciudad, la cosa se vivía en las plazas y en los patios de casas bajas. El calor porteño pedía bebidas frías y la chocolatada helada era la respuesta obvia. Los chicos volvían de la escuela y, en muchas casas, la merienda era un ritual de intercambio y charla con la familia —“contame cómo te fue” mientras se apuraba la copa—. Además, los cumpleaños eran más comunitarios, con vecinos que se sumaban a la fiesta y la chocolatada actuaba como un lazo: “traete la Cindor que se arma”. Esa cotidianeidad es lo que hoy se extraña y por eso las marcas como Cindor vuelven a jugar con la nostalgia en sus campañas.
Fuentes y pruebas (lo que encontré buceando en la web):
- Relatos y notas que ubican el origen en Rosario y la mudanza productiva a Carcarañá.
- Material audiovisual (spots y compilados de publicidades históricas) que muestran la presencia en TV y la iconografía de la marca.
- Coberturas sobre movimientos empresariales que mencionan la compra/venta con actores como La Serenísima y Danone en la década de 1999–2000.
- Memoria social y posts en redes que corroboran el recuerdo colectivo sobre el envase, el sabor y el consumo en la infancia.
Veredicto de El Archivólogo
Cindor no es solo una marca: es una posta de la infancia argentina que se fue modernizando y, a veces, perdiendo el olor a hornalla que tenía la merienda de casa. Pasó de ser una fórmula doméstica traída de Holanda a un producto industrial que viajó a la ciudad grande y se plantó en las heladeras de todo el país. Hoy sobrevive en la memoria y en campañas que explotan la nostalgia —y eso está bien—; lo peligroso sería creer que la memoria sola alimenta la historia: hay pies firmes de fábrica, compras y fusiones que también cuentan.
Para el porteño de los 70, la Cindor fue una pequeña patria helada: refrescaba, reunía y hacía la infancia más dulce. Y como buen archivo, lo que queda no es la botella sino la ronda alrededor de la mesa. Así que la próxima vez que pases por un kiosco y veas una copita de chocolatada, mirala: ahí tenés un pedacito de ciudad, de veranos y de cumpleaños con pan dulce y alarma de juguete.
—El Archivólogo.
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