CHARLIE MENDITEGUY: EL ARISTÓCRATA QUE CAMBIÓ LA FÓRMULA 1 POR BRIGITTE BARDOT Y PIDIÓ QUEMAR SU AUTO A 16 KM DE LA GLORIA
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Por El Archivólogo
Antes de Juliana Awada, antes del poder, antes del PRO, antes de los globos amarillos y del coaching motivacional, Mauricio Macri tuvo una historia que hoy parece salida de un libro que ya no se edita. Una historia con olor a nafta, a pasto recién cortado en Palermo, a whisky importado y a noches largas donde nadie preguntaba “¿a qué te dedicás?”, porque eso era de mal gusto. Esa historia tenía nombre y apellido: Isabel Menditeguy. Pero sobre todo tenía un padre. Y qué padre.
Porque si Isabel fue la modelo más deslumbrante de los ‘80 y ‘90 —belleza aristocrática, elegancia natural, tapa eterna—, su viejo Carlos Alberto Menditeguy Estrugamou, alias Charlie, fue directamente un personaje de película. De esas que hoy Netflix no se anima a producir porque nadie las creería.
Isabel perdió a su papá a los 9 años. A los 28, en 1992, se puso de novia con un Mauricio Macri todavía en versión hijo de Franco, en etapa de aprendizaje, cuando el poder todavía no era destino sino ambición. Era habitual en esa Argentina de apellido compuesto que los hijos de la burguesía industrial buscaran novias de sangre patricia. Mauricio ya lo había hecho con Yvonne Bordeu, hija de Juan Manuel Bordeu. Con Isabel, repetía el libreto.
Ella no era solo “la novia linda”. Era politóloga de la Universidad de San Andrés, lo asesoró, lo acompañó, lo empujó, lo ordenó. “Lo mandoneaba”, decían quienes estuvieron ahí. Lo ayudó a armar su carrera política y fue clave en la campaña que lo llevó a la presidencia de Boca Juniors. Después vino la separación en 2005, justo antes de que Macri jurara como diputado. Isabel eligió el bajo perfil. Como decía Mirtha: “Yo no hablo de lo que ya pasó”.
Pero acá, el protagonista no es ella. Es Charlie.
Charlie Menditeguy nació en 1915, cuando la Argentina era conservadora, aristocrática y convencida de que el mundo le pertenecía. Nunca trabajó en su vida —detalle menor— pero fue un talento deportivo sobrenatural. Tenis, polo, golf, TC, Fórmula 1. Todo. Y todo bien.
En polo fue leyenda: 10 de hándicap, campeón del Abierto de Palermo con El Trébol, entrenaba sus propios caballos, los conocía mejor que a sus amigos. En tenis llegó a ser sexto del ranking nacional, jugando con Bioy Casares y Drago Mitre. En golf hizo una apuesta que hoy sería viral: dijo que podía llegar a scratch en meses. Le apostaron mil dólares. Ganó la apuesta… y el Abierto de Mar del Plata. Roberto De Vicenzo, el más grande de todos, dijo: “Ese muchacho es de otro planeta”.
Pero el gran amor de Charlie eran los fierros. El TC. El ruido. La velocidad. Tanto, que en 1956 Maserati lo invitó a correr los 1000 km de Buenos Aires con Stirling Moss. Ganaron. Y encima, Charlie le bajó los tiempos al inglés con solo tres días de entrenamiento. Maserati, fascinada, le ofreció correr Fórmula 1 con una 250F oficial.
Todo iba perfecto… hasta que apareció Brigitte Bardot. No es metáfora. Es la Bardot real. 22 años. La mujer más deseada del planeta.
En Mónaco, el representante de Bardot quiso arreglar una cena con Fangio. El Chueco dijo que no podía, pero le pidió a Charlie que lo cubriera. Charlie aceptó… y desapareció. No entrenó. No corrió. No avisó. Se fue con Bardot a la Costa Azul y dejó la butaca de Fórmula 1 vacía.
Maserati lo echó. Cuando volvió, se justificó con una frase que define toda una época: “Era una oportunidad como para no desaprovechar, ¿no?”
Fangio, con esa sabiduría de tipo que lo entendía todo, dijo: “Así es Charlie: no será campeón del mundo… pero solo porque no tiene ganas”.
El final épico llegó en 1963, en el TC Mercedes–Arrecifes. Charlie venía ganando, impecable, hasta que a 16 kilómetros de la llegada fundió biela. Ordenó a su secretario Linares que revisara. Diagnóstico: irrecuperable.
Charlie se bajó, caminó, pensó… y dijo con calma aristocrática: —“Por favor Linares, llene ese bidón de nafta… y quémelo.”
Y mientras caminaba por la banquina repetía, como un mantra trágico: “¡Quemeló Linaresss… quemeló Linaresss…!”
La carrera la ganó Carlos Pairetti, el novato, futuro campeón con el Trueno Naranja. Charlie quedó para siempre en la leyenda.
Al final, como diría Alejandro Dolina, quizá la verdadera victoria no sea llegar primero, ni ser campeón, ni acumular títulos, sino vivir como si el tiempo no tuviera derecho a pedirnos explicaciones. Charlie Menditeguy no fue campeón del mundo. Fue algo mucho más raro en la Argentina: un tipo que hizo siempre lo que quiso.