Por Gus Reimon
Hay números que no admiten maquillaje ni relato alternativo. La evolución de la Canasta Básica Total (CBT) frente al Salario Mínimo, Vital y Móvil (SMVM) expone con crudeza una verdad incómoda: en la Argentina actual, el trabajo dejó de ser una garantía para no ser pobre.
En julio de 2015, la CBT se ubicaba en torno a los 6.400 pesos. El salario mínimo era de 6.810 pesos. Con un solo ingreso, una familia tipo lograba —con esfuerzo— cubrir sus necesidades básicas. No era abundancia, pero existía una correspondencia elemental entre salario y costo de vida.
Ese equilibrio fue demolido con el paso de los años. En agosto de 2019, la canasta básica ya había escalado a 33.013 pesos, mientras que el salario mínimo quedaba rezagado en 14.125 pesos. A partir de allí, la brecha dejó de ser una advertencia y se transformó en una norma.
En abril de 2023, la CBT alcanzó los 203.361 pesos, frente a un salario mínimo de 69.480 pesos. Para entonces, el mensaje era claro: aun trabajando, la pobreza estaba a la vuelta de la esquina. El salario mínimo ya no marcaba un piso de dignidad, sino un techo bajo.
Hoy, el cuadro es directamente alarmante. En noviembre de 2025, la Canasta Básica Total asciende a 1.257.329 pesos, mientras que el Salario Mínimo, Vital y Móvil se fija en 328.400 pesos. Traducido en términos concretos: se necesitan casi cuatro salarios mínimos para que una familia no sea considerada pobre.
El salario como variable de ajuste
Este derrumbe no es casual ni inevitable. Responde a un modelo económico que decidió licuar ingresos como forma de disciplinamiento social. El salario se convirtió en la principal variable de ajuste, mientras los precios —en especial los alimentos— continúan su escalada sin freno.
El dato es demoledor: la mitad de los trabajadores registrados no logra cubrir la canasta básica, aun teniendo empleo formal. Se trata de una fractura profunda del contrato social: trabajar ya no garantiza integración, estabilidad ni futuro.
En noviembre, la CBT registró su mayor aumento en ocho meses, con una suba del 3,6%, mientras que la canasta alimentaria aumentó 4,1%. Es decir, lo que define la mesa diaria de millones de hogares crece más rápido que cualquier ingreso. La pobreza no sólo se consolida: se reproduce.
Un país que normaliza el empobrecimiento
Cuando el salario mínimo deja de cumplir su función esencial, el problema deja de ser económico para volverse político. No es sólo inflación: es una elección. La de tolerar que millones de personas trabajen y, aun así, no lleguen a fin de mes.
En una década, la Argentina pasó de un esquema en el que un salario mínimo alcanzaba para cubrir la canasta básica, a otro en el que hacen falta casi cuatro. El impacto no se mide en estadísticas: se mide en endeudamiento cotidiano, en consumo resignado, en proyectos de vida postergados.
Naturalizar esta realidad es aceptar un país más desigual, más frágil y más injusto. Y frente a eso, los números no sólo informan: acusan.
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