ARGENTINA 2026: LA SCALONETA LLEGA AL MUNDIAL CON EL MUNDO MIRANDO DE REOJO
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Hay listas mundialistas que son apenas una nómina. Y hay otras que son una fotografía emocional de un país entero. La lista de la Selección Argentina para el Mundial 2026 pertenece a esa segunda categoría. Porque apenas apareció el video oficial de la AFA anunciando los 26 nombres, medio país hizo lo mismo de siempre: dejó lo que estaba haciendo para ponerse a discutir fútbol como si fuera una cuestión de Estado. Que faltó uno. Que sobraba otro. Que “¿cómo no va Acuña?”. Que “el Flaco López se ganó el lugar”. Que “Messi juega caminando pero te define un Mundial”. El inconsciente colectivo argentino activado en modo campeonato del mundo. El famoso “es un sentimiento, no puedo parar”. Y ahí va otra vez la Scaloneta. Con jugadores nuevos, soldados históricos y una certeza que atraviesa a todos: Lionel Messi vuelve a defender la Copa del Mundo. Y ya solamente esa imagen alcanza para ponerle piel de gallina hasta al más anti fútbol del planeta.
A esta altura Messi ya no juega solamente al fútbol. Messi juega en la memoria emocional de la Argentina. Cada Mundial suyo es una mezcla de ilusión, nostalgia y necesidad colectiva. Como si el país entero quisiera congelar el tiempo cinco minutos más. Porque después de Qatar 2022 ya nada volvió a ser igual. Esa noche contra Francia fue una descarga nacional. Una especie de terapia grupal de 47 millones de personas abrazándose con desconocidos, llorando arriba de un auto o gritando en un balcón como si no existiera el día siguiente. Y ahora vuelve. Con la 10. Con la cinta. Con la Copa defendida. Con ese andar tranquilo de tipo que ya no tiene que demostrarle nada a nadie. “¿Qué mirás, bobo? Andá pa’ allá”, quedó tatuado para siempre en el folklore argentino como antes quedaron el “Barrilete cósmico” o el “me cortaron las piernas”.
La base está. Como diría el Bambino Veira. Hay 17 campeones del mundo que repiten presencia respecto a Qatar. El Dibu Martínez sigue siendo ese arquero mitad héroe, mitad personaje de historieta nacional. Romero y Otamendi continúan manejando la defensa con ese ADN de potrero bravo. De Paul sigue corriendo como si tuviera motor de Falcon Interceptor abajo de la camiseta. Y Julián Álvarez mantiene esa cara de pibe bueno que después te vacuna en una semifinal. Pero también aparecen las renovaciones. Balerdi se metió en la lista y le ganó la pulseada a Marcos Senesi. Facundo Medina terminó ocupando un lugar inesperado dejando afuera a Marcos Acuña, una de las ausencias que más ruido hizo en el mundo River. Y Valentín Barco, ese pibe que parece salido de un picado en la costa, terminó entrando en una mitad de cancha cada vez más dinámica. Después está Giuliano Simeone, hijo del Cholo pero con hambre propia. Nicolás Paz, uno de esos talentos que Europa mira con ojos de joyería fina. Y José Manuel “el Flaco” López, que tendrá su bautismo mundialista después de pelearla desde el Palmeiras brasileño.
La Scaloneta tiene algo que pocas selecciones logran: genera pertenencia. La gente siente que estos jugadores son “los pibes”. Incluso los millonarios europeos. Incluso los que viven hace años afuera. Hay algo ahí que conecta. Tal vez porque Scaloni entendió antes que nadie que el fútbol argentino no se juega solamente con táctica. Se juega con corazón. Con grupo. Con códigos. Con esa energía de “todos tirando para el mismo lado”. Por eso la concentración arrancará el 1° de junio en Kansas City con clima de misión secreta. Ahí empezará la preparación para el Grupo J y los amistosos frente a Honduras e Islandia, antes del debut mundialista contra Argelia el 16 de junio. Después vendrán Austria y Jordania. Y después… quién sabe. Porque los Mundiales son así. Arrancan con análisis tácticos y terminan con gente abrazada arriba de un semáforo llorando con desconocidos.
Argentina no juega este Mundial solamente para competir. Lo juega para defender una corona. Y eso cambia todo. Ahora los demás miran a la Selección como antes miraban a Brasil o Alemania. Ahora el campeón es Argentina. Y aunque Scaloni mantenga el perfil bajo y el “paso a paso”, el mundo sabe perfectamente que enfrente tendrá un equipo que aprendió a jugar finales sin temblar. Mientras tanto, acá ya empezó el ritual de siempre: cábalas, figuritas, grupos de WhatsApp explotados, gente revisando horarios laborales para ver partidos y ese clima hermoso donde el país parece discutir una sola cosa. Porque cuando juega Argentina, la grieta descansa un rato. Y en un país donde casi nunca nos ponemos de acuerdo en nada, quizá ahí esté el verdadero milagro de la Scaloneta.