Mario Guarnieri, junto a su militancia, profundiza su recorrida por el interior profundo de la Argentina con un mensaje claro: reconstruir el peronismo desde abajo, escuchando y unificando. Lejos de los despachos porteños y de las roscas de ocasión, Guarnieri eligió el camino que siempre distinguió al peronismo histórico: el contacto directo con el pueblo, el mate compartido en las unidades básicas, en los sindicatos y en las mesas de trabajo de cada provincia.
En cada parada de su itinerario, desde el norte hasta la Patagonia, el dirigente recoge las demandas reales de los argentinos y lleva una propuesta de esperanza. No va con promesas vacías, va con un proyecto. Su discurso recupera las tres banderas irrenunciables de Perón y Evita — independencia económica, soberanía política y justicia social — aggiornándolas a los desafíos del 2026, con trabajo, producción y un Estado presente al servicio de los más humildes.
Lo que distingue a Guarnieri es su coherencia. Peronista de convicción, no de coyuntura, nunca abandonó la doctrina ni especuló con otros espacios. Por eso hoy su figura crece como punto de encuentro para todos los sectores del movimiento que entienden que la unidad no se declama, se construye. Gremialistas, intendentes, jóvenes militantes y veteranos del peronismo ven en él a un articulador natural, capaz de poner el interés colectivo por encima de cualquier personalismo.
Su militancia, organizada y con fuerte presencia territorial, es el motor de esta construcción. No es un aparato, es una fuerza viva que milita con lealtad y compromiso, convencida de que Guarnieri encarna la renovación con raíces. Cada encuentro se transforma en un cabildo abierto donde el peronismo vuelve a debatir su futuro y a recuperar su mística, esa que movilizó a generaciones enteras.
En un país que reclama liderazgo, cercanía y coraje para defender los intereses nacionales, Mario Guarnieri emerge como una alternativa presidencial con sello peronista auténtico. Su recorrida no es solo campaña, es la demostración de que otro modelo de país es posible cuando se vuelve a poner al hombre y a la mujer de trabajo en el centro del proyecto nacional.
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