Por Gonzalo Guardia (El Archivologo)
Si hay algo que los porteños aprendimos a reconocer a fuerza de ver y re-ver cine, televisión y teatro de revista, es que la risa siempre esconde algo más. Y Mi novia el…, esa película argentina de 1975 con Alberto Olmedo y Susana Giménez, es un ejemplo perfecto. Una comedia picaresca por fuera, y un espejo de una época complicada por dentro.
Estrenada el 13 de marzo de 1975 y dirigida por Enrique Cahen Salaberry, esta película se metía con temas tabú para la Argentina de entonces, aunque la censura se encargó de que no lo hiciera del todo limpio.
El título original era Mi novia el travesti, y el guion de Oscar Viale estaba pensado para una comedia de enredos, donde alguien se hace pasar por lo que no es y el amor, la confusión y el ridículo se mezclan en un sainete del porteño cotidiano.
La Argentina de 1975 no era un jardín de libertades. La película se cocinó en una mezcla difícil: cine comercial, censura social, prejuicios de época y el gran peso de los intérpretes populares.
Originalmente, la película debía protagonizarla Jorge Pérez Evelyn, un reconocido transformista que hacía furor en el Pasaje Seaver —esa esquina porteña que hoy es perfume de nostalgia y recuerdos de cabaret—. Pero la censura no se bancó ni el título ni la idea de tener a un travesti real en la pantalla grande. Resultado: el censor mandó borrar la palabra “travesti” del título y reemplazó a Evelyn por Susana Giménez.
Y ojo: no fue un cambio mínimo. La versión original del guion terminaba con una boda entre el personaje de Jorge Pérez Evelyn y el de Olmedo, una escena que podría haber sido un golpe certero contra el tabú… pero terminó cancelada por miedo a la “ofensiva moral” de la época.
Olmedo interpreta a Laucha, un tipo común, de esos que laburan, viven con su vieja y hacen chistes picantes en la fábrica. Un día va a un cabaret y se enamora —sí, enamora— de Dominique, la vedette del lugar, a quien todos creen travesti. Dominique en verdad es una mujer, María Isabel, que está en ese disfraz para laburar y abrirse paso en el espectáculo.
La confusión le trae a Laucha un quilombo interno de aquellos: empieza pensando que se volvió homosexual, se gana el rumor de charleta en el barrio, se hace el macho con los compañeros y encima se arma un escándalo familiar que sólo en cine porteño se puede ver con risas y llantos al mismo tiempo.
En una de las escenas más comentadas, Laucha suelta una frase que mezcla risa con verdad dura: “Yo contra los… contra usted no tengo nada, se lo juro. Cada cual hace de su culo un pito… es un decir…” (y ahí queda flotando el humor de una época que quería tapar el sol con la mano).
La película fue hecha bajo la tradición de Aries Cinematográfica Argentina, con producción de Enrique y Nicolás Carreras, guión de Viale, fotografía de Víctor Hugo Caula y música de Buddy McCluskey. La mayoría de las escenas exteriores se rodaron en el desaparecido Pasaje Seaver, ese paseo porteño que fue corazón de la bohemia, el transformismo y el cabaret de Buenos Aires.
Este detalle importa: Mi novia el… no sólo es farándula de comedia, es también un testigo de una ciudad que ya no existe tal como la vemos en la pantalla. Y está cruzada por un contexto social donde la representación de género no era una cuestión artística, sino una política cultural.
En una nota, Alberto Olmedo recordaba la filmación con alegría: “Fue fantástico, me gustó mucho. Algo diferente de lo habitual… me gustaría volver a hacer algo por el estilo… interpretar personajes de todos los días… tener de todo —comedia, drama— recurriría a Viale… creo que tengo la edad justa para empezar a hacer otras cosas, sin abandonar lo que hago ahora…” (y acá se siente ese Olmedo que quería moverse entre la risa y la contradicción humana).
Por su parte, la historia posterior de Jorge Pérez Evelyn, expulsado del proyecto y luego obligado a exiliarse por amenazas, es una página oscura de nuestra farándula que pocos recuerdan, pero que ilumina cuán rígidas eran las paredes del mainstream para los que no encajaban en el molde.
En su momento, la película no fue un éxito descomunal, pero sí un suceso moderado entre el público que amaba a Olmedo y a la Giménez antes de que Susana fuera la diosa que hoy conocemos. En plataformas como IMDb la película ronda una calificación de 6.1/10, lo que refleja su lugar de culto más que de clásico universal.
Hoy, vista con ojos contemporáneos, Mi novia el… aparece como una reliquia de un cine argentino que jugaba con lo picante sin poder apostar de lleno a lo verdadero. Parte farza, parte espejo de prejuicios sociales, y totalmente porteña hasta la médula.
Y acá, claro, va el pensamiento que viene de ese tango eterno entre lo popular y lo profundo: el humor argentino siempre fue una manera de decir verdades que el poder no quería escuchar. Esta peli no es sólo un entretenimiento de risa fácil: es una puerta a lo que fuimos como sociedad, a los miedos que tuvimos y al camino que nos falta andar.
Como dice un viejo dicho de barrio: “En el chiste siempre hay un pedazo de verdad que da miedo enfrentar”. Y Mi novia el… lo sabe bien: se escondió tras la risa, pero dejó ver la sombra de una época de censuras, mitos de macho y políticas culturales castradas.
El archivólogo sentencia: no olvidemos las películas como esta no por lo que nos hicieron reír, sino por lo que nos muestran de nosotros mismos cuando aún no sabíamos quiénes éramos.
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