En 1985 la Argentina todavía estaba aprendiendo a respirar sin miedo. Alfonsín llevaba dos años en la Rosada, la palabra democracia se decía despacio, como quien no quiere romper algo frágil, y en las casas se cenaba mirando la tele con la sensación de que todo podía ir para mejor… o explotar de nuevo.
Ese año Soda Stereo sacaba “Nada personal”, Charly ya había avisado que los dinosaurios iban a desaparecer, Maradona todavía no era Dios pero ya calentaba motores, y Buenos Aires olía a mezcla rara: libertad recién estrenada, inflación galopante y esperanza con ojeras.
En ese clima, Canal 9 de Alejandro Romay largó una novela que no venía a acariciar al público: venía a sacudirlo.
Libertad Condicionada.
Solo el título ya era una piña conceptual en plena sobremesa.
Mientras otras ficciones hablaban de amores imposibles en mansiones con escaleras de mármol, esta historia se metía en un lugar incómodo, casi prohibido: la cárcel de mujeres. Y no como decorado exótico, sino como corazón del relato.
Mujeres presas. Mujeres rotas. Mujeres vivas. Mujeres que salían de día con la libertad prestada y volvían de noche a las rejas, como Cenicientas sin hada madrina.
Decía Dolina por esos años —y todavía lo dice— que “Buenos Aires es una ciudad que finge normalidad mientras esconde tragedias en cada esquina”.
Eso era Libertad Condicionada: una ficción que no fingía nada.
Las protagonistas no pedían lástima. Pedían contexto.
Susana Campos, Juan Carlos Dual, después Alicia Bruzzo, con esa intensidad que parecía que la cámara no le alcanzaba, mujeres marcadas por decisiones, por errores, por injusticias, por una vida que no siempre te deja elegir bien.
No había heroínas limpias. Había personas. Y eso en 1985 era casi revolucionario.
Plácido Donato, comisario inspector en la vida real, metió la cuchara donde dolía. El sistema penitenciario no era caricatura: era engranaje. La burocracia, la vigilancia, el prejuicio social… todo estaba ahí. Y Jorge Cavanet le puso carne, diálogo, calle.
El resultado fue una novela que incomodaba. Y cuando algo incomoda, generalmente es porque dice la verdad.
Mientras tanto, afuera de la tele, el país discutía el Juicio a las Juntas, se hablaba de derechos humanos con voz temblorosa, y muchos argentinos entendían que la libertad también podía ser condicional, incluso sin estar presos.
Como escribió Eduardo Sacheri alguna vez, “los ochenta fueron una época donde aprendimos que la épica no siempre tiene final feliz, pero igual vale la pena contarla”.
Susana Leroux, actriz y productora, recordó Libertad Condicionada desde el lugar más honesto que puede ocupar alguien de este oficio: el de espectadora atravesada. Contó que la veía con una mezcla de admiración y desasosiego, como quien entiende que ahí había algo distinto. Que no era una novela para distraerse mientras se cocinaba, sino una de esas que te obligan a sentarte. “Sentí que por primera vez la televisión no le hablaba a la mujer idealizada, sino a la mujer real, con culpa, con deseo, con errores”, dijo alguna vez en charlas privadas del ambiente. Para Leroux, esa ficción tenía una crudeza elegante, sin golpes bajos, y una valentía poco común: mostrar que la cárcel no empezaba en la celda sino mucho antes, en una sociedad que ya había condenado a esas mujeres incluso antes del delito. “Me dolía, pero no podía dejar de mirarla”, sintetizó. Y ese dolor, para ella, era señal de verdad.
Esta novela fue eso: una épica chiquita, cotidiana, femenina, silenciada durante años.
En los livings se comentaba en voz baja.
“¿Viste lo que le pasó a esa?”
“Y… algo habrá hecho”, decía alguno, todavía con la cabeza llena de prejuicios.
Pero la novela hacía su trabajo fino: te obligaba a dudar. A mirar de nuevo. A entender que nadie es solo su prontuario.
Hernán Casciari suele decir que “los ochenta fueron la última década en la que la televisión se parecía a la gente que la miraba”.
Libertad Condicionada era eso: gente común, sin glamour, sin filtros, con dramas reconocibles. No hablaban como personajes: hablaban como vecinas, como tías, como esa mujer que te cruzabas en el colectivo 60.
Y ojo, no era una novela solemne. Había humor seco, ironía, códigos carcelarios, miradas que decían más que diez parlamentos. Marta Reguera dirigía como quien maneja una orquesta caótica pero precisa. Sabía que el drama social no se grita: se muestra.
Tres temporadas. Éxito de audiencia. Exportación.
Pero sobre todo, memoria.
Raúl Martorel, coreógrafo de La Ola está de Fiesta, bailarín de Monumental Moria y laburante histórico de Canal 9, la vivió desde otro ángulo: el de los pasillos. Mientras en otros estudios se ensayaban sonrisas, lentejuelas y pasos marcados, en los sets de Libertad Condicionada se respiraba otra cosa. “Había un silencio raro”, recordó. Un silencio espeso, incómodo, casi respetuoso. Martorel decía que salir de grabar algo festivo y cruzarse con esas escenas era como cambiar de país en diez metros. “Te movía el piso. Yo trabajaba haciendo bailar a la gente, pero esa novela te dejaba sin ganas de festejar”, confesó. Para él, fue la primera vez que entendió que la televisión también podía ser un lugar de duelo, de reflexión, de verdad incómoda. “Ahí me di cuenta de que el espectáculo no siempre es brillo: a veces es espejo. Y ese espejo no siempre te devuelve una linda imagen”.
Hoy, cuando se revisan los ‘80 con nostalgia edulcorada —los peinados, la música, las camperas infladas—, Libertad Condicionada aparece como una de esas ficciones que se animaron a mostrar el lado B. El que no entra en los compilados felices. El que todavía duele.
El Archivologo te dice que “La libertad no es hacer lo que uno quiere, sino decidir quién ser cuando casi no hay opciones.”.
Estas mujeres elegían todos los días. A veces mal. A veces como podían. A veces como las dejaban.
Veredicto de El Archivólogo
Libertad Condicionada no fue solo una novela: fue un gesto político, cultural y emocional en una Argentina que estaba reaprendiendo a mirarse al espejo. Una ficción valiente, incómoda, profundamente ochentosa en el mejor sentido. De esas que no envejecen porque nunca fueron complacientes.
Una prueba de que la televisión, cuando se lo propone, puede ser mucho más que entretenimiento: puede ser memoria activa.
Y eso, en un país como el nuestro, vale oro.
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