El principio de revelación del gobierno de Javier Milei
Por Gus Reimon.
La política, como los proyectos de poder, tiene momentos de máscara y momentos de verdad. Esta semana, el gobierno de Javier Milei atravesó lo que podría definirse como su principio de revelación: dejó al descubierto, sin matices, la esencia del modelo social que impulsa. Y lo que apareció no fue la promesa libertaria de la campaña, sino un esquema profundamente inhumano, regresivo y distópico.
El primer dato es político y estructural. Milei pactó con sectores centrales de la casta que decía combatir: acordó el nombramiento de dos auditores generales, uno vinculado a Máximo Kirchner (Juan Forlón) y otro al massismo (Pamela Caletti). Sus nuevos socios no son outsiders, sino parte del entramado que el propio Presidente señalaba como responsable del desastre argentino. En el camino, traicionó al PRO y a la UCR, fuerzas que sin embargo terminaron votándole a favor en el Congreso. Una postal de oportunismo y degradación institucional.
El segundo dato es social y presupuestario, y expone con crudeza el rumbo del Gobierno. En el debate del Presupuesto, el Ejecutivo avanzó con un ajuste brutal sobre áreas estratégicas del Estado: la educación pública en todos sus niveles, el sistema científico y tecnológico, la formación técnica, las escuelas técnicas, la defensa y las jubilaciones provinciales, pilares centrales de cualquier esquema de desarrollo e inclusión social.
Lejos de tratarse de recortes aislados, el mensaje político fue explícito y coherente con el modelo que se impulsa: para la Casa Rosada, los derechos sociales dejaron de ser una obligación del Estado para convertirse en un gasto prescindible, subordinado a la lógica del ajuste fiscal permanente. En ese esquema, el equilibrio de las cuentas públicas se persigue a costa del vaciamiento de funciones esenciales, trasladando el impacto directamente a las provincias, a los trabajadores y a los sectores más vulnerables.
El tercer dato es ideológico y quizás el más alarmante. Milei repartió el libro Defendiendo lo indefendible, de Walter Block, un texto que promueve la legalización de la prostitución, la trata de personas, el narcotráfico, la esclavitud, el trabajo infantil, la venta de órganos y de bebés, la usura, el chantaje y hasta la violación intramatrimonial, siempre que —según su lógica— exista “consentimiento” y no haya “agresión a un tercero”. Todo reducido a una ecuación de oferta y demanda, sin Estado y sin ética. No es una provocación intelectual: es el manual moral que inspira al poder.
El cuarto dato completa el cuadro: solo crecen las AUH, no como parte de una política integral de inclusión, sino como mecanismo de contención de la pobreza estructural. No hay creación de empleo digno, no hay fortalecimiento de las pymes, no hay desarrollo productivo. Cuanto más pobres haya, más AUH se necesitarán. Un círculo vicioso funcional a un modelo que administra la exclusión en lugar de combatirla.
Milei no propone un ajuste más: propone una sociedad distópica, donde el mercado reemplaza a la ley, la moral y los lazos sociales. Un modelo que intenta convencernos de que el mal es el bien y el bien es el mal. Que no está mal destruir a los jubilados, vaciar la educación, precarizar el trabajo, romper la dignidad de la mujer, naturalizar el abuso, la explotación, la trata, el narcotráfico o el comercio de seres humanos. Todo vale si el mercado lo valida.
La pregunta ya no es técnica ni económica. Es profundamente humana y política: ¿Queremos una sociedad que eduque a nuestros hijos en la idea de que todo se compra y todo se vende, incluso las personas? Si alguien apoyó a Milei creyendo que tenía principios, convicciones o un proyecto moral distinto, todavía está a tiempo de pensarlo. Porque lo que se está revelando no es una sorpresa: es un modelo de país donde la dignidad deja de ser un valor y pasa a ser un costo.
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