Por Gus Reimon.
En tiempos donde la política parece cada vez más alejada de la vida real, Luis D’Elía sigue siendo una figura incómoda para el poder y, al mismo tiempo, profundamente representativa para amplios sectores populares. No por lo que dice desde un estudio de televisión, sino por lo que hizo —y hace— con los pies en el barro.
Fundador de la Federación de Tierra, Vivienda y Hábitat, D’Elía emergió como uno de los grandes líderes piqueteros de la Argentina, en una etapa histórica marcada por el abandono del Estado, el desempleo masivo y la exclusión social. Su liderazgo no nació en universidades ni en despachos oficiales, sino en los barrios olvidados, en las rutas cortadas y en la organización colectiva de los que no tenían voz.
A diferencia de muchos dirigentes que construyeron carrera desde el relato, D’Elía conoce el hambre, la cárcel y la persecución política. Su trayectoria está atravesada por la militancia territorial, el enfrentamiento directo con los poderes económicos y judiciales, y una coherencia que pocos pueden exhibir: nunca dejó de pararse del lado de los últimos, aun cuando el costo personal fue alto.
Esa coherencia explica también el tono áspero y frontal de sus declaraciones públicas. D’Elía no disimula ni edulcora. Habla como se habla en los barrios, con crudeza y sin dobleces. Y eso, en una Argentina acostumbrada a la corrección política vacía, resulta disruptivo.
En un escenario donde proliferan dirigentes sociales “de escritorio”, Luis D’Elía representa una forma de militancia que no se terceriza ni se gestiona desde ONGs bien financiadas, sino que se construye en la calle, con organización popular y confrontación directa cuando hace falta. Por eso incomoda. Por eso molesta. Y por eso también es atacado.
Su figura sintetiza una verdad incómoda para muchos: no todos los liderazgos nacen iguales, y no todos están dispuestos a pagar el mismo precio. D’Elía pagó con estigmatización, causas judiciales y cárcel. Pero también dejó una huella profunda en la historia de los movimientos sociales argentinos.
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El NO al ALCA, Chávez y la épica latinoamericana
Esa trayectoria militante tuvo uno de sus momentos más simbólicos en el Encuentro de los Pueblos “NO al ALCA”, realizado en Mar del Plata en 2005, cuando América Latina le puso un freno al proyecto de dominación económica impulsado por Estados Unidos.
Allí, el comandante Hugo Chávez no solo lanzó su histórico “ALCA, ALCA… al carajo”, sino que reivindicó el papel de los movimientos sociales y populares como columna vertebral de la resistencia continental. Para Chávez, la derrota del ALCA no podía entenderse sin los pueblos organizados, sin los trabajadores y sin dirigentes que habían puesto el cuerpo cuando el sistema colapsó.
En ese marco, Luis D’Elía y el movimiento piquetero argentino eran reconocidos como expresión directa del Argentinazo de 2001, esa rebelión popular que había demostrado que los pueblos podían torcer el rumbo de la historia. Chávez veía en esa experiencia una advertencia permanente al imperialismo y a las élites locales.
La frase que resonó aquel día condensó esa visión histórica:
“Serán libres … pero nosotros no seremos nunca colonia.”
No fue solo una consigna. Fue una definición política y cultural: América Latina no aceptaba volver a ser sometida.
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El Argentinazo como advertencia permanente
Luis D’Elía sostuvo entonces —y sigue sosteniendo hasta hoy— que el Argentinazo no fue un hecho cerrado ni una postal del pasado. Para él, fue y es una advertencia histórica: cuando el ajuste, la entrega y la exclusión avanzan, los pueblos vuelven a irrumpir.
Hoy, cuando el ajuste vuelve a golpear con fuerza a los sectores más vulnerables, la experiencia y la voz de dirigentes como D’Elía recobran vigencia. No como piezas de museo, sino como recordatorio de una verdad simple y profunda:
la política popular no se hereda ni se administra; se camina, se pelea y se construye.
Luis D’Elía: la historia y una militancia que no se rinde
En tiempos donde la política parece cada vez más alejada de la vida real, Luis D’Elía sigue siendo una figura incómoda para el poder y, al mismo tiempo, profundamente representativa para amplios sectores populares. No por lo que dice desde un estudio de televisión, sino por lo que hizo —y hace— con los pies en el barro.
Fundador de la Federación de Tierra, Vivienda y Hábitat, D’Elía emergió como uno de los grandes líderes piqueteros de la Argentina en una etapa histórica marcada por el abandono del Estado, el desempleo masivo y la exclusión social. Su liderazgo no nació en universidades ni en despachos oficiales, sino en los barrios olvidados, en las rutas cortadas y en la organización colectiva de los que no tenían voz.
A diferencia de muchos dirigentes que construyeron carrera desde el relato, D’Elía conoce el hambre, la cárcel y la persecución política. Su trayectoria está atravesada por la militancia territorial, el enfrentamiento directo con los poderes económicos y judiciales, y una coherencia que pocos pueden exhibir: nunca dejó de pararse del lado de los últimos, aun cuando el costo personal fue alto.
Esa coherencia explica también el tono áspero y frontal de sus declaraciones públicas. D’Elía no disimula ni edulcora. Habla como se habla en los barrios, con crudeza y sin dobleces. Y eso, en una Argentina acostumbrada a la corrección política vacía, resulta disruptivo.
En un escenario donde proliferan dirigentes sociales “de escritorio”, Luis D’Elía representa una forma de militancia que no se terceriza ni se gestiona desde ONGs bien financiadas, sino que se construye en la calle, con organización popular y confrontación directa cuando hace falta. Por eso incomoda. Por eso molesta. Y por eso también es atacado.
Su figura sintetiza una verdad incómoda para muchos: no todos los liderazgos nacen iguales, y no todos están dispuestos a pagar el mismo precio. D’Elía pagó con estigmatización, causas judiciales y cárcel, pero también dejó una huella profunda en la historia de los movimientos sociales argentinos.
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El NO al ALCA, Chávez y la épica latinoamericana
Esa trayectoria militante tuvo uno de sus momentos más simbólicos en el Encuentro de los Pueblos “NO al ALCA”, realizado en Mar del Plata en 2005, cuando América Latina le puso un freno al proyecto de dominación económica impulsado por Estados Unidos.
Allí, el comandante Hugo Chávez no solo lanzó su histórico “ALCA, ALCA… al carajo”, sino que reivindicó el papel de los movimientos sociales y populares como columna vertebral de la resistencia continental. Para Chávez, la derrota del ALCA no podía entenderse sin los pueblos organizados, sin los trabajadores y sin dirigentes que habían puesto el cuerpo cuando el sistema colapsó.
En ese marco, Luis D’Elía y el movimiento piquetero argentino eran reconocidos como expresión directa del Argentinazo de 2001, esa rebelión popular que demostró que los pueblos podían torcer el rumbo de la historia. Chávez veía en esa experiencia una advertencia permanente al imperialismo y a las élites locales.
La frase que resonó aquel día condensó esa visión histórica:
“Serán libres… pero nosotros no seremos nunca colonia.”
No fue solo una consigna: fue una definición política y cultural. América Latina no aceptaba volver a ser sometida.
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El Argentinazo como advertencia permanente
Luis D’Elía sostuvo entonces —y sigue sosteniendo hasta hoy— que el Argentinazo no fue un hecho cerrado ni una postal del pasado. Para él, fue y es una advertencia histórica: cuando el ajuste, la entrega y la exclusión avanzan, los pueblos vuelven a irrumpir.
Y esa advertencia vuelve a cobrar sentido en el presente.
Mientras Javier Milei encarna un poder sin pasado militante, sin calle, sin historia colectiva, un presidente formado en estudios de televisión y dispuesto a entregar el país al alineamiento automático con el imperio de turno —hoy representado por Donald Trump—, figuras como Luis D’Elía emergen como lo contrario: memoria, territorio y pueblo organizado.
Milei no expresa una épica popular ni un proyecto colectivo: expresa la subordinación y el vaciamiento. D’Elía, con todas sus controversias, expresa otra cosa: la persistencia de una militancia que no se rinde, que no se arrodilla y que no se borra cuando cambian los vientos.
Hoy, cuando el ajuste vuelve a golpear con fuerza a los sectores más vulnerables, la experiencia y la voz de dirigentes como Luis D’Elía recobran vigencia. No como piezas de museo, sino como recordatorio de una verdad simple y profunda:
La política popular no se hereda ni se administra: se camina, se pelea y se construye.
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