Por Gus Reimon.
En tiempos donde la política parece cada vez más alejada de la vida real, Luis D’Elía es una figura incómoda para el poder y, al mismo tiempo, profundamente representativa para amplios sectores populares. No por lo que dice desde un estudio de televisión, sino por lo que hizo —y hace— con los pies en el barro.
Fundador de la Federación de Tierra, Vivienda y Hábitat, D’Elía emergió como uno de los grandes líderes piqueteros de la Argentina, en una etapa histórica marcada por el abandono del Estado, el desempleo masivo y la exclusión social. Su liderazgo no nació en universidades ni en despachos oficiales, sino en los barrios olvidados, en las rutas cortadas y en la organización colectiva de los que no tenían voz.
A diferencia de muchos dirigentes que construyeron carrera desde el relato, D’Elía conoce el hambre, la cárcel y la persecución política. Su trayectoria está atravesada por la militancia territorial, el enfrentamiento directo con los poderes económicos y judiciales, y una coherencia que pocos pueden exhibir: nunca dejó de pararse del lado de los últimos, aun cuando el costo personal fue alto.
Una denuncia que expone dos modelos de militancia
En ese marco, D’Elía volvió a ocupar el centro de la escena con una durísima denuncia pública contra Juan Grabois, a quien cuestionó con la contundencia que lo caracteriza y desde un lugar de legitimidad construido en décadas de lucha territorial. Según expresó, Grabois gastó miles de dólares en campañas políticas mientras —afirma D’Elía— no concluyó obras concretas en los sectores más pobres, marcando una contradicción entre discurso y práctica.
Para el histórico dirigente piquetero, no alcanza con hablar en nombre de los humildes: hay que mostrar resultados reales en el territorio. D’Elía lo acusó de mantener vínculos con el poder, señalando como socio a Fabián “Pepín” Rodríguez Simón, a quien identificó como una figura clave de la mesa judicial del PRO.
En ese sentido, sostuvo que Grabois fue funcional al macrismo, contradiciendo su perfil público de dirigente popular. Otro de los puntos más sensibles de la denuncia refiere a los privilegios. D’Elía afirmó que mientras Grabois recibía cientos de miles de planes, otros dirigentes sociales —incluyéndose— eran perseguidos y encarcelados, evidenciando, un trato desigual por parte del poder político y judicial.
Finalmente, cuestionó de raíz la legitimidad del recorrido de Grabois, asegurando que nunca participó de las luchas reales del pueblo, y que su llegada a determinados espacios se dio por vínculos familiares y de poder, y no por una construcción desde abajo.
Dos caminos, una discusión de fondo
Lejos de tratarse de una pelea personal, la intervención de D’Elía pone sobre la mesa una discusión más profunda: la diferencia entre una militancia nacida en el barro y otra construida desde los márgenes del poder institucional. En tiempos donde abundan los dirigentes sociales mediáticos, Luis D’Elía encarna una tradición política que no se hereda ni se administra, sino que se forja en la calle, con organización popular y enfrentamiento directo cuando es necesario.
Por eso incomoda. Por eso molesta. Y por eso también es atacado. Hoy, con los sectores populares nuevamente golpeados por el ajuste, la figura de D’Elía vuelve a interpelar: no todos los liderazgos son iguales, ni pagan el mismo precio. Algunos se construyen con discursos; otros, con historia.
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