Por Gus Reimon
Mientras en buena parte de América Latina se discuten reformas laborales para mejorar la vida de los trabajadores, México acaba de dar un paso contundente hacia un modelo que combina crecimiento, derechos y estabilidad. No se trata de un slogan ni de voluntarismo: se trata de datos duros.
El país gobernado por Claudia Sheinbaum impulsa la reducción de la jornada laboral sin reducción salarial, una medida que en cualquier manual serio de economía se define como redistributiva, inclusiva y promotora del bienestar. Las empresas, lejos de resistir, acompañarán el proceso realizando las adecuaciones necesarias, comprendiendo que una fuerza laboral saludable y protegida produce más, no menos.
Pero la escena mexicana no se sostiene sólo en discursos progresistas: se cimenta en resultados.
En los últimos años, México logró:
Un aumento del 154% del salario mínimo.
Récord histórico de inversión extranjera directa.
Control sostenido de la inflación.
Y en un mensaje directo, contundente y con una seguridad política que en la Argentina ya parece ciencia ficción, la presidenta sintetizó el rumbo del país con una frase que incomoda a más de un gobierno de la región:
“Nosotros recaudamos USD 20.000 millones en 2025. ¿Saben cuánto pidió prestado Argentina a Estados Unidos? Eso. Y nosotros lo recaudamos solos. Sin nuevos impuestos, haciendo bien el trabajo, controlando bien».
Esa es la definición de reforma laboral de verdad: un modelo donde el Estado regula, la economía produce, los salarios crecen y la inversión no huye. Una reforma donde la productividad se distribuye y no se concentra. Una reforma donde el trabajador no es un obstáculo, sino la base del crecimiento.
Mientras tanto, en Argentina…
A un año y medio de gobierno de Javier Milei, el panorama es el inverso. No hay reforma laboral, hay ajuste laboral. No hay inversión, hay desguace. No hay estabilidad, hay incertidumbre.
Los números —otra vez los números— hablan solos:
Cerraron 17.063 empresas.
Se pierden 28 empresas por día.
236.845 trabajadores quedaron sin empleo.
El salario cayó a mínimos históricos: volvió al nivel del 2001.
El costo de vida ya aumentó un 289%.
Mientras México muestra que es posible mejorar salarios, atraer inversión y cuidar el bolsillo al mismo tiempo, Argentina se encierra en un experimento de shock permanente que destruye empleo, pulveriza salarios y debilita la estructura productiva.
La paradoja del libertario: libertad para los mercados, desesperación para la gente
La comparación es inevitable. Un país latinoamericano demuestra que se puede crecer con derechos. El otro, gobernado bajo el eslogan de la “libertad”, ajusta, endeuda, destruye y llama “reforma” a la pérdida de garantías.
México acaba de dar una lección.
Una lección de gestión, de modernidad y de coraje político. Demostró que en América Latina también se puede crecer sin pisar cabezas, mejorar salarios sin espantar inversiones y fortalecer al Estado sin convertirlo en un verdugo.
La pregunta es si Argentina, atrapada en un experimento que confunde austeridad con virtud y sufrimiento con estrategia, está dispuesta a escuchar.
O si seguirá sorda, ensimismada en un credo económico que ya ni siquiera intenta disimular su fracaso, mientras el mundo avanza y nosotros seguimos discutiendo cómo achicar lo que queda en pie.
AGENCIA DE GUARDIA SITIO OFICIAL!
