Milei quiere calles con su nombre: del delirio personal al callejón sin salida

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Por Gus Reimon

 

Javier Milei volvió a cruzar la frontera del ridículo político. En una de sus declaraciones más desconectadas de la realidad, afirmó que “sacó a 13 millones de personas de la pobreza” y que, si fuera peronista, “todas las calles del país llevarían su nombre por todos sus logros”.

 

La frase, que roza el culto a la personalidad, expone un rasgo cada vez más visible del mandatario: la necesidad compulsiva de construir una épica que ningún dato respalda. Mientras la pobreza supera el 60%, el salario mínimo se derrumba y la industria se paraliza, el Presidente imagina avenidas con su nombre… por resultados inexistentes.

 

No es la primera vez que un gobernante argentino pretende inmortalizarse en el espacio público. Ya lo logró Julio A. Roca, responsable del genocidio de los pueblos originarios en la Patagonia, convertido en avenida, escuela y monumento.

La diferencia es que Milei no busca reconocimiento histórico: busca consagrarse a sí mismo en tiempo real, aun cuando los indicadores lo desmienten uno por uno.

 

El sincericidio contra Macri… con memoria selectiva

 

En un extraño rapto de honestidad, Milei reconoció que “el Gobierno de Cambiemos solo corrigió el déficit con endeudamiento”.

No es un detalle menor: durante el Gobierno de Mauricio Macri se tomó deuda por 60.000 millones de dólares, incluido el préstamo récord del FMI.

 

Pero ese momento de lucidez dura poco. Vuelve rápido a las frases teatrales, a los amagues de dureza moral que jamás aplica.

 

Prometió:

“Al que reciba coimas, le corto la cabeza”.

 

Lamentablemente —o afortunadamente— falso.

Hoy se la vio a su hermana y secretaria general, Karina Milei, paseando por Casa Rosada con la cabeza perfectamente adherida al cuello. Ni una venda, ni una gasa, ni el menor indicio de que el Presidente aplique su espada moral puertas adentro.

 

La justicia libertaria funciona así: feroz con los otros, indulgente con los propios.

 

Milei contra las pymes: cuando la desconexión se convierte en política

 

Por si algo faltaba, Milei dejó en claro que no está dispuesto a mover un dedo por defender a las pymes, el corazón del trabajo argentino.

Sus palabras fueron contundentes y preocupantes:

 

“Los individuos disponen de mayor cantidad de bienes y son más felices.”

“Si una empresa o sector quiebra es porque el bien de afuera es más barato.”

“No se produce pérdida de empleo, sino un ahorro.”

 

Un Presidente que considera la quiebra de una empresa como “un ahorro” está hablando desde un universo paralelo.

No entiende —o no quiere entender— que las pymes no son números en una planilla: son el 75% del empleo privado, la base productiva de cientos de ciudades, la red que sostiene a miles de familias.

 

Con este nivel de desconexión, no sorprende que:

 

cierren decenas de pymes por día,

 

la industria esté en su peor caída desde 2001,

 

y el consumo se derrumbe junto con la producción.

 

Para Milei, si una fábrica cierra, es el “mercado actuando”.

Para el resto del país, es un drama económico y social.

 

Callejón Milei: solo sentido único hacia atrás

 

Si alguna calle debiera llevar el nombre del Presidente, probablemente no sería una avenida principal, ni un boulevard, ni una autopista. Sería un callejón sin salida.

El símbolo perfecto de un gobierno que avanza hacia atrás, que se encierra en su propio relato y que confunde fantasía con gestión, metáforas con economía y amenazas teatrales con ética pública.

Mientras millones de argentinos luchan por llegar a fin de mes, Milei sueña con que media Argentina lleve su nombre.

Pero la realidad —esa que él intenta tapar con épica imaginaria— sigue ahí: dura, incómoda, imposible de maquillar.

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