Por Gus Reimon
Hay momentos en la historia económica de un país en los que las crisis dejan de ser episodios aislados para convertirse en un sistema. Y eso es exactamente lo que está pasando en la Argentina.
El Banco Central, con reservas netas en –USD 16.000 millones, habría pagado el vencimiento de USD 1.000 millones del Bopreal utilizando los depósitos en dólares de los propios argentinos. No porque quiera, no porque sea parte de algún plan oculto.
Porque ya no tiene nada más.
Mientras tanto —y esto es clave para entender la profundidad de lo que viene— el país destruye su capacidad productiva a una velocidad nunca vista: 28 empresas por día cierran sus puertas, según documentó EL PAÍS. En veinte meses se esfumaron 17.063 compañías y 236.845 empleos formales.
Es el desmantelamiento silencioso de la economía real.
El derrumbe del músculo que sostiene cualquier nación que pretenda ser algo más que un mercado de paso.
Un Banco Central vacío en un país que se está vaciando
La sospecha de que el Banco Central tocó los encajes —es decir, las reservas que respaldan los depósitos de la gente— no es una anécdota técnica: es un síntoma político.
Expone a un Gobierno sin dólares, sin industria y sin un plan que no sea esperar un milagro.
Cuando una autoridad monetaria llega al extremo de financiar sus obligaciones con recursos ajenos, el mensaje que envía es brutal:
la caja está vacía y el margen de maniobra, agotado.
Pero cuando eso ocurre en simultáneo con el colapso industrial más grande desde 2001, la lectura es más oscura todavía. Un país que ya no produce, ya no exporta, ya no genera empleo y que al mismo tiempo opera con su Banco Central en negativo no está en crisis: está en riesgo estructural.
La Argentina del ajuste permanente
El cierre de fábricas no es una consecuencia inevitable: es una decisión política.
La apertura irrestricta de importaciones, la caída del consumo, la asfixia de las pymes, la volatilidad financiera y un Estado que se retira de la economía componen una receta conocida:
un país que importa lo que antes producía y que expulsa trabajadores a toda velocidad.
El caso Whirlpool —una planta modelo, inversión reciente, producción moderna— es una metáfora perfecta del rumbo actual: se cierran fábricas que en cualquier país serían orgullo nacional, mientras se festeja el ingreso de productos extranjeros como si fueran símbolo de “competencia”.
No es competencia.
Es rendición.
Sin industria no hay dólares, y sin dólares no hay país
El Gobierno insiste en que la estabilización está cerca, que el mercado “ya entendió”, que el sacrificio será recompensado.
Pero la realidad es más cruda:
ningún esquema económico puede sostenerse sin producción interna y sin dólares genuinos.
Y hoy Argentina no tiene ni lo uno ni lo otro.
Cuando la industria se derrumba, las exportaciones caen.
Cuando las exportaciones caen, las reservas desaparecen.
Cuando las reservas desaparecen, el Banco Central empieza a buscar dólares donde no debe.
Y cuando el Banco Central toca los depósitos de la gente —aunque sea de modo transitorio o contable— la confianza, ese recurso invisible que sostiene todo el edificio, empieza a evaporarse.
El silencio que preocupa
El Gobierno calla. El Banco Central no explica.
Nadie dice cómo se pagó el Bopreal.
Nadie admite que se está usando la última línea de flotación del sistema financiero para evitar un default en dólares.
Nadie reconoce que la economía real está implosionando.
Pero el silencio no es prudencia: es alarma.
Un país que no discute su crisis, la profundiza.
Un llamado urgente: recuperar la producción, recuperar la confianza
La Argentina necesita una verdad incómoda pero insoslayable:
no hay salida posible sin recomponer la industria, sin recuperar la capacidad de generar dólares propios, sin un Banco Central que deje de vivir del ahogo y la contabilidad creativa.
Un país sin dólares puede sobrevivir.
Un país sin fábricas también puede resistir un tiempo.
Pero un país sin dólares y sin fábricas, a la vez, sólo puede avanzar hacia una forma lenta y silenciosa de disolución económica y social.
Todavía hay margen para cambiar de rumbo.
Pero cada día que pasa —cada fábrica que cierra, cada reserva que se evapora, cada operación que se financia con el ahorro de la gente— ese margen se achica un poco más.
Y lo que se está agotando no es sólo la paciencia social.
Es la viabilidad del país.
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