✍️ Por El Archivólogo | Agencia de Guardia
La historia argentina está llena de misterios, mitos y habladurías que, si uno se pone a hilar fino, terminan siendo más jugosas que cualquier novela turca de las que miran nuestras tías. Pero hay una que supera cualquier libreto de ficción: el escándalo del piano de Perón, el rumor que cruzó el océano, que se metió por las radios, y que terminó a las piñas en la mismísima calle Florida entre dos pesos pesados del espectáculo argentino: Roberto Galán y Hugo Guerrero Marthineitz. Sí, leíste bien. El galán del amor vs. el peruano parlanchín, en un combate que ni Titanes en el Ring se hubiera animado a producir.
Corre la década del setenta. Radio Belgrano está que arde en audiencia, y entre sus figuras se destaca Hugo Guerrero Marthineitz, el locutor peruano que había llegado a Buenos Aires con un tono nasal y un léxico de galera que lo hacía parecer primo hermano de Borges, pero con la lengua más afilada que un afilador de Palermo.
En su programa “El show del minuto”, el Negro tenía una sección que se volvió viral (bueno, viral en versión siglo XX): todos los días, con voz pausada, se preguntaba al aire:
“¿Quién… se robó… el piano… del General?”
El General era, por supuesto, Juan Domingo Perón. El contexto, su exilio en Venezuela. Y el piano… bueno, el piano fue el centro de un escándalo tan insólito como argento. Porque mientras unos peleaban por la vuelta de la democracia, otros especulaban con los muebles del General.
La pregunta se repitió tanto que se volvió consigna. Como un meme radial. Como esas frases que se te meten en la cabeza y no sabés si son verdad o solo un invento del barrio.
Hasta que la lengua filosa del Negro empezó a soltar nombres. Y ahí, papá, ardió Troya.
“Domingos de mi Ciudad”, “Yo me quiero casar, ¿y usted?”, “Si lo sabe Cante”… Roberto Galán era la cara del romanticismo televisivo, el cupido de la TV blanca y negra. Pero detrás de ese bigotito de señor correcto y esa mirada de galán de boliche de barrio, había carácter. Y el carácter le saltó cuando el rumor lo alcanzó como un piano… en la espalda.
Porque sí, el Negro Guerrero empezó a sugerir que el supuesto ladrón del piano había sido el mismísimo Roberto Galán. Que en su paso por Venezuela, acompañando al General Perón durante su exilio, el conductor se habría encariñado con un hermoso piano de cola… y que al volver a Buenos Aires, ¡el piano nunca más apareció!
La historia explotó cuando la revista Satiricón, con su pluma filosa y su lengua sin filtro, lo publicó en uno de sus ejemplares. El humor gráfico y político más ácido se colgó del rumor como un mono a una liana. Y desde entonces, el mito creció hasta el punto de transformarse en leyenda urbana.
Pero el día que Galán se cruzó al Negro, la leyenda se volvió crónica policial.
Una noche cualquiera, en El Viejo Almacén, ese templo del tango en San Telmo, los astros se alinearon para el escándalo. Ahí estaban. Roberto Galán, con sus trajes a medida y rodeado de dos o tres secretarias de su staff televisivo. El Negro Guerrero Marthineitz, solo, como buen francotirador radial.
Los testigos cuentan que Galán se acercó tranquilo. Que lo saludó con cortesía, y que con una sonrisa de esas que preceden al caos, le dijo:
—¿Así que yo me choreé un piano?
El Negro, fiel a su estilo provocador, le habría respondido algo así como “el que se pica, pierde”.
Error.
Galán, que venía con bronca acumulada, lo invitó a seguir la conversación en la vereda de la calle Balcarce. Y ahí, entre faroles y adoquines, le dio una lección de “música corporal” que dejó al Negro más afinado que una cuerda de bandoneón, en criollo le dio una buena tunda.
Fue una piña, dos, alguna patada, y mucho griterío de las chicas del programa que pedían paz y amor. Pero el romanticismo de “Dígalo con mímica” esa noche no apareció.
La pregunta sigue flotando en el aire como perfume de azahares. ¿Existió el famoso piano de Perón en Caracas? ¿Lo robaron? ¿Lo vendieron por partes? ¿Está en alguna casa de coleccionistas peronistas del conurbano?
Nunca nadie lo encontró. Y Roberto Galán, hasta el último de sus días, juró que jamás se quedó con nada del General.
“Yo me traje una foto, no un piano. Que el Negro se meta la lengua en la boca”, habría dicho entre risas en una entrevista que dio muchos años después.
Dicen los que saben que el destino siempre da revancha. Y ese encuentro post-batalla sucedió años más tarde en una confitería muy paqueta de la avenida Santa Fe. Galán estaba tomando un cafecito con medialunas, flanqueado por sus secretarias como siempre. Entra el Negro Guerrero, solo, con la mirada cansada de tanto hablar.
Se cruzaron las miradas. No hubo saludo. Solo un gesto. Galán levantó su taza, como brindando. El Negro, cabizbajo, pidió un cortado en la barra. Algunos dicen que se saludaron. Otros que no se dirigieron la palabra. La guerra del piano quedó atrás. Pero la historia, como toda buena historia argenta, ya estaba escrita.
Porque en Argentina no necesitamos Netflix: tenemos la vida misma.
¿Quién se robó el piano del General? Nadie lo sabe. Pero seguro que en algún boliche perdido del conurbano, algún mozo todavía recuerda haberlo visto… afinando tangos y mitos de una Argentina que fue, y que todavía resuena.
¿Querés más joyitas como esta? Seguinos, que El Archivólogo tiene historia para rato.
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