5 DE ENERO: CUANDO EL CALENDARIO LE RINDE CULTO A LA FELICIDAD BLANCA
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Llegamos finalmente al 5 de enero, ese día bisagra donde el argentino todavía no volvió del todo a la realidad, está entre el pan dulce duro y la sidra tibia… y de pronto, sin que nadie lo vote, aparece el Día de la Crema Batida. Y uno entiende todo. Porque si algo sabe este país es rendirle culto a lo simple que nos hace felices.
La crema batida no necesita próceres ni monumentos. No cruzó los Andes ni fundó partidos políticos. Pero estuvo ahí, firme, cuando la torta era un mazacote, cuando el café venía fuerte como trompada y cuando el postre necesitaba una caricia. Como decía la Chiqui: “El plato entra por los ojos”. Y la crema, amigo, entra como Maradona al área en el ’86.
Cada 5 de enero, este acompañamiento glorioso recibe su homenaje global. No porque haya pasado algo histórico, sino porque alguien, en algún momento, entendió una verdad universal: batir nata con aire fue uno de los grandes inventos de la humanidad, apenas por debajo de la birome y el control remoto.
Allá por los años 80, la crema se batía a mano. Brazo, muñeca, paciencia. Era casi un deporte olímpico. Hoy apretás un aerosol y listo. Progreso, diría Darwin. Y sí: la crema evolucionó con la humanidad. Se adaptó, se reinventó y nunca perdió su función principal: hacerte sentir que la vida puede ser un poquito mejor.
La crema batida es democrática. No discrimina. Va con frutillas, con duraznos en lata, con helado barato, con torta de cumpleaños del súper y con café de bar notable. Está en la mesa humilde y en la pastelería cheta. Como decía Fontanarrosa, “lo importante es el contenido”. Y la crema, aunque sea aireada, tiene contenido emocional.
En la cultura popular es directamente un ícono. Publicidades, películas, fotos sugerentes, festejos exagerados. La crema batida simboliza el permitido. El exceso chico. El “dale, hoy sí”. Es el equivalente gastronómico a aflojarse el cinturón después del asado. O como diría Moria: “Si no es con placer, no”.
Hoy el festejo vive en redes. Fotos, recetas, reels, pastelerías que aprovechan para cobrarte el postre como si tuviera apellido francés. Pero el espíritu sigue intacto: celebrar algo simple que acompaña todo sin robar protagonismo. Porque la crema nunca quiso ser la estrella. Prefiere ser la mejor actriz de reparto.
Y ahí está su magia. Pocos ingredientes, impacto total. Aire, grasa, dulzura y un toque de felicidad. Como la vida cuando funciona.
En un mundo complicado, caro y ruidoso, la crema batida nos recuerda que la felicidad a veces es blanca, liviana y dura lo que tarda en derretirse. No cambia la historia, pero mejora el postre. Y en este país, mejorar el postre ya es un acto revolucionario.
Si me permiten —y aunque no me lo permitan también— hoy El Archivólogo se toma una licencia. Porque hay debates que no entran en una columna, ni en una estadística, ni en una receta. Hay discusiones que solo pueden ocurrir en un bar, con pocillos manchados, cucharitas dobladas y una nube de crema batida mirándolo todo desde arriba.
Imaginen la escena. Mesa del fondo. Café negro, espeso, de esos que te miran fijo. Alejandro Dolina llega primero, se saca el saco con parsimonia y dice, sin que nadie le pregunte: “El café es una excusa para pensar. La crema batida, en cambio, es una distracción peligrosa”.
Fontanarrosa sonríe, prende un cigarrillo imaginario —porque en el cielo de los bares se puede fumar— y responde: “No jodamos, Dolina. La crema es como el humor: si no alivia, no sirve”.
Dolina: (Mirando su tazón con aire de sospecha filosófica) —Vea, Negro… yo sospecho de la crema que ya viene dulce. Me parece una claudicación del espíritu. La crema debe ser neutra, casi austera, para que sea el hombre, en un acto de libre albedrío, quien decida su destino de azúcar. Agregarle azúcar de antemano es como recibir un consejo que nadie ha pedido: una intromisión en la soledad del comensal.
Fontanarrosa: (Revolviendo su café con entusiasmo) —¡Pero dejate de joder, Alejandro! Eso es para los poetas que tienen tiempo de andar pensando mientras se les enfría el cortado. El tipo que entra al bar con el diario bajo el brazo y el alma en llanta, lo que quiere es que la crema le dé un cachetazo de dulzura. ¡Que sea un mazacote! Vos querés una crema intelectual y yo quiero una crema que sea como un centro a la olla: contundente, efectiva y que te deje el bigote blanco hasta el mediodía.
Dolina: —Es que usted busca la eficacia, Negro, y yo busco la tragedia. La crema sin azúcar representa la pureza del lácteo, esa blancura que el destino se encargará de manchar con el café amargo. Es el drama de la existencia en una taza de doscientos centímetros cúbicos. Además, esa crema batida de sifón, esa espuma aerodinámica… es una mentira de la técnica moderna.
Fontanarrosa: —¡Ahí tenés razón! El sifón es un simulacro. La crema tiene que tener cuerpo, tiene que tener esa consistencia de revoque fino. Yo te digo, Alejandro, que si la crema no tiene la densidad suficiente como para tapar un agujero en la pared, no sirve. Tiene que ser un postre en sí mismo. Una vez en Rosario vi a un tipo que pidió tanto café con crema que el mozo tuvo que traerle la crema en una carretilla. El tipo se la comía con una pala de albañil. Eso es felicidad, lo demás es literatura francesa.
Dolina: (Sonriendo con melancolía) —Quizás tenga razón. Tal vez la felicidad sea, simplemente, esa desmesura que usted describe. Pero permítame insistir: el azúcar debe ser un rito manual. El sonido de la cucharita contra el fondo del tazón es la única música que nos queda a los que ya no esperamos que nos saquen a bailar.
Fontanarrosa: —Bueno, hacé lo que quieras con el azúcar, pero pasame el plato de los churros, que con este frío la crema sola me da una sensación de desprotección absoluta. ¡Mozo! Traigale otra nube de esas al maestro, pero póngale un poco de voluntad, ¡que parezca un volcán en erupción!
CONCLUSIÓN FINAL DE EL ARCHIVÓLOGO
Después de escucharlos, de oler el café frío y ver cómo la crema se rinde sin resistencia, El Archivólogo llega a una verdad incómoda pero necesaria: el problema nunca fue la crema batida ni el café. El problema es cómo cada uno elige pararse frente a la vida.
Dolina defiende el café negro porque sabe que pensar duele. Fontanarrosa banca la crema porque entiende que si no te reís, te oxidás. Y los dos tienen razón. Porque este país se sostiene así: un poco de amargura bien dicha y una cuota justa de indulgencia para no romperse.
La crema batida no traiciona al café: lo humaniza. No lo niega: lo vuelve habitable. Y el café sin crema tampoco es virtud: es postura. Como la vida misma.
Veredicto final: sin café solo no hay lucidez, sin crema batida no hay ternura. Y el que elige uno sin entender al otro, no es profundo ni gracioso: es un dogmático del pocillo.