🕯️ “Miguel Ángel Russo: el último caballero del fútbol”

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🕯️ “Miguel Ángel Russo: el último caballero del fútbol”

Hay noticias que duelen como una patada en el pecho, de esas que te dejan mirando fijo al piso sin saber bien qué decir. Hoy se nos fue Miguel Ángel Russo. Sí, el Miguelo. El tipo de mirada mansa, el que siempre hablaba bajito, el que te tiraba una frase y te dejaba pensando más que un libro entero. Murió a los 69 años, en su casa, rodeado de los suyos. Pero más allá del dato frío, lo que se fue hoy es una parte del fútbol que ya casi no existe: la del respeto, la palabra y la elegancia sin marketing.

Miguel Ángel Russo, nacido en Valentín Alsina el 9 de abril del ’56, fue de esos tipos que hicieron de la decencia una bandera. Jugó toda su carrera en Estudiantes de La Plata, y eso ya dice mucho en un país donde la fidelidad suele durar lo que un pase al dólar. Fue un “one club man” de verdad, 435 partidos con la misma camiseta, el Pincha de Bilardo, Trobbiani y Ponce. Ganó títulos, sí, pero lo que ganó fue otra cosa más profunda: el respeto de todos.

Después vino el Russo técnico, el que en los 90 agarró a Lanús y lo subió a Primera, y después devolvió a Estudiantes a su lugar de siempre. Pero el punto más alto de su carrera —y de su vida— fue esa noche mágica de 2007, cuando Boca levantó la Copa Libertadores con Riquelme en modo Beethoven. A Russo lo llevaron en andas, pero él, con su humildad de barrio, dijo que el mérito era de los jugadores. Así era él: un tipo que jamás se la creyó, aunque tenía pergaminos de sobra para hacerlo.

Después vinieron los vaivenes de un fútbol cruel. Rosario, Avellaneda, Perú, Paraguay, Colombia… y siempre la misma figura serena, la del que no grita, no vende humo, no busca cámaras. En Millonarios, entre quimio y quimio, salió campeón. Un loco lindo, o un valiente, según cómo se mire. Mientras muchos hablaban, él seguía laburando.

El cáncer le venía jugando de contra desde 2017. Pero el Miguelo no se achicó nunca. Siguió dirigiendo, siguió soñando. Y hasta hace unas semanas, todavía estaba ahí, en el predio de Boca, con esa sonrisa calma que escondía una batalla interna que ya sabía perdida. Riquelme lo abrazó ese día, y ese abrazo fue casi una despedida sin decirlo.

Miguel Ángel Russo fue, quizás, el último caballero del fútbol argentino. No necesitaba tribunales mediáticos ni conferencias con frases explosivas. Tenía lo que ya no abunda: códigos. Esos códigos que se aprenden en el potrero y no se olvidan jamás.

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Hoy se va un pedazo de historia, y se va como vivió: en silencio, sin estridencias, con perfil bajo. Los que lo conocieron dicen que su frase más repetida era: “Esto es fútbol, nada más, y nada menos.”

Y tenía razón. Porque para él, el fútbol era una forma de vivir. Un lugar donde se podía ser noble, decente y apasionado al mismo tiempo.

Miguelo se fue abrazado a su gran amor: la pelota. El fútbol argentino llora a uno de los suyos.
De esos que no se olvidan, porque no se reemplazan.

Gracias por tanto, Miguel. Y perdón por no saber decir adiós a los buenos tipos.

 

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